"...sitting in his nowhere land, making all his nowhere plans for nobody".
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18 de febrero de 2026

Pasaje


Ayer “hice parque”. Es una de las ventajas del PH, la cercanía de Parque Centenario. Logré un rinconcito de pasto amigable, tiré mi lona y regué de papeles el suelo, porque el trabajo me persigue a donde vaya, pero si es con cielo encima, mejor. Cuando llegó el recreíto, miré hacia arriba: siempre tendremos el cielo. Aunque los que están al lado estén fumando, aunque me llegue más ruido del que quisiera, esa postal de copas verdes y cielo azul me reconforta y me da una especie de consuelo que de pronto me doy cuenta que necesito. Es que no me amigo todavía: ni con el PH, ni con el barrio, ni con ese pasillo gris cemento de luz fría que de noche mete miedo. Quiero arreglarlo, yo todo lo quiero arreglar.

El sábado fui a una feria en la quinta Trabucco. Me bajé del bondi lejos y llegué a pie serpenteando por Rosetti, muy cerca de nuestra casa de Florida. Entre General Paz y la quinta, la calle cambia de paisaje varias veces, desde el abandono y la suciedad hasta casas primorosas enmarcadas por los árboles. Mientras voy caminando llegan de la mano del espacio esos micro-recuerdos que no son nada, son quizás, simplemente, la sustancia azarosa que cruzaba mi cabeza un día cualquiera pero de hace diez años, cuando pasaba exactamente por ahí pero en auto yendo al super, o volviendo del consultorio. O caminando el día que fui, atada por una curiosidad morbosa, a ver la casa vandalizada donde había vivido un hombre que mató a tiros a sus vecinos. Camino y pienso cuál es mi vínculo con el espacio, cuál es mi vínculo con las cosas. Quiero lo bello, pero también quiero lo auténtico. Y de pronto lo auténtico implica pactar con la no belleza, con la imperfección. Incluso, con esos detalles sutiles del deterioro que levantan su dedo y señalan bien clarito hacia donde el camino se termina. Allá en el fondo está la muerte, decía Cortázar en sus instrucciones para darle cuerda a un reloj, y cómo lo he querido por esa frase.

Llegué a la quinta. Circulé como una más entre varias réplicas de mí misma en una de mis antiguas versiones: mamás medio hipponas y contentas corriendo atrás de hijos chiquitos con ese discurso de madre que todavía resalta cada palabra porque el lenguaje es un regalo. Qué loco es pasearse de pronto por un antiguo pasaje de nuestra vida. Sirve para preguntarse lo obvio: si algo bueno habré dejado, si algo bueno estaré dejando. Mientras intento amigarme con ese pasillo, con este pasaje, con esta estación en que soy otra versión que todavía intento comprender.

Mi amiga, hermosa en su puesto, rodeada de las cosas hermosas que salen de sus manos, tan parecida a mí en tantos sentidos, sonrió al verme llegar. Caminé, compré chocolates a unas rusas encantadoras, especias, más chocolates. El sol bajo todavía iluminaba la casona. Atrás, un bosque de cañas pequeño, oscuro, profundo. Alguien tocaba la guitarra y Laura Novoa (sí, Laura Novoa!) leía poesía. Terminé el día con otra amiga. Brindando por lo hecho, riéndonos de lo que no nos sale, soltando un conjuro para lo que queda por hacer, todo esto bien cerca del río.

Vaya pacto con la belleza, al fin y al cabo.   

4 de octubre de 2025

Tulipanes


El viento acunó con violencia al avión que trataba de aterrizar. Realmente creí, quizás por primera vez en mi vida, que ese abrupto final —impacto, explosión, fuego— era una posibilidad firme. Y me sorprende gratamente saber que si resultaba así, me iba a ir cagándome de risa. Porque es literal: no paramos de charlar y hacer chistes, aunque estábamos asustadas. Le dije a Clau: si termina acá, esto de la vida estuvo bueno.

Pero el avión aterrizó, y no vino mal la puesta en perspectiva. Una mujer nos dijo después que ella estuvo tranquila porque nos escuchaba reír. Qué cosa tan hermosa es esta vida que tenemos, y qué bueno es saber vivirla.

Llegar y encontrarnos con gente querida que forma parte de nuestra historia, nuestro paso por la facultad. Compartir con honestidad la capacitación que armamos y sentir que llega, aprender en el camino, construir algo genuino. Tomar contacto con realidades tan diferentes a la nuestra.

Los tulipanes abrieron antes de tiempo y como estamos vivas, ayer fuimos a verlos. La gente inventa, crea, sueña, construye un edén insólito donde antes había otra cosa. Anoche nevó en las montañas y hoy el horizonte nos regaló esa postal.

Amo tanto esos paraísos perdidos que son mi infancia porque están ligados a lugares, entonces puedo recuperarlos. Hoy tomamos el té galés y hace un ratito fui a buscar la trucha con hongos de pino que habíamos encargado en un lugar que busqué desde que llegué, y donde hace casi veinte años comí el mismo plato. Me abrigué y caminé por la calle ancha en semioscuridad. Respiré el aire frío de este sur hermoso que me abre los brazos una y otra vez, y no pude evitar emocionarme. Soy afortunada. Todo es perfecto y todo es cosecha. Podrá sonar a lugar común, pero nadie me convencerá de otra cosa.

18 de septiembre de 2021

Simetría

 


“En uno que se moría / mi propia muerte no vi / pero en fiebre y geometría / se me fue pasando el día / y ahora me velan a mí”.

Descubrí, demasiado temprano en la vida para mi gusto, que en cada muerte cercana suelen revivirse otras. Algo más tarde, con las reiteraciones, comencé a comprender también que con cada muerte se anda y vuelve a andar ese sendero que implica aceptar que alguna vez nos tocará. Como si las formas del duelo fueran en realidad el ensayo repetido de algo que espera, tenaz y paciente, para revelarse ante nuestros ojos. Un objeto singular que va quedando al descubierto de a poco. Que tendremos que ver por un lado y por otro, bajo diferentes luces y distintas perspectivas, una y otra vez, hasta, con un poco de suerte, entender.

Tuve toda clase de conductas de desafío y resistencia frente a la muerte. Todas bastante tontas, si tengo que ser honesta. Compré margaritas en lugar de rosas o claveles. Asistí a cementerios vestida de rojo. Me reí a carcajadas en un velorio porque la sala quedaba en la calle Humboldt (cronopios comprenderán). Escribí media docena de cuentos que transcurren en cementerios procurando desarmarlos en una burla sutil. Elegí, cuanto me tocó hacerlo, los cajones más sencillos, y mandé tallar en el mármol las frases más discretas y planas que podría haber hecho escribir: necesitaba dejar claro que la muerte y toda su pompa de flores pretenciosas y manijas ornamentadas me tenían sin cuidado. En todos los casos consideré que tenía el derecho. Que la vida, o los dioses, o las fuerzas oscuras, o quien demonios fuera, me lo debían por quitarme algo.

Pero hiciera lo que hiciera, fui aprendiendo igual. Fui dejándome alcanzar, sin darme cuenta, por cada uno de esos ensayos en que el objeto se dejaba ver un poco más. Cuando leí ese poema en medio de Glosa, una novela exquisita pero tan difícil de andar como los mismísimos velorios, estaba en un vagón de subte de la línea B. No sé por qué, pero siempre me acuerdo exactamente del lugar en el que estaba al leer por primera vez algo que me impacta, como si hubiera algún nexo oculto pero necesario entre esas dos dimensiones en apariencia tan distantes: el mundo material que va transitando el lector y el acervo de ideas que encierra un libro. Cada vez que vuelvo a ese nudo, a esa idea, vuelvo entonces a ese vagón lleno de gente a las nueve y pico de la mañana en que entendí de pronto que hagamos lo que hagamos nos va a tocar igual, y que cuando nos queremos acordar, ya es tarde.

Pero uno se olvida de lo que aprende, todo el tiempo. Se acostumbra a ponerlo a un costado, a no mirarlo de frente. Por un lado, porque es necesario. Por el otro, porque no creo que nada alcance para comprender demasiado rápido, ni del todo, algo tan insólito como la muerte. Algo tan descabellado como convertirse lentamente en otra cosa, hasta dejar de estar y dejar de ser.

Otra frase, otra pequeña poesía ya no recuerdo de quién, me obligó hace un tiempo a pensar en la muerte de una manera distinta: “entre barreño y barreño, patrañas”. Intenta decir que el día del nacimiento (el primer barreño refiere al bautizo) y el día de la muerte (el otro barreño es aquel con que se lavaba un cuerpo) son todo lo que en verdad importa, y que todo lo que hay entre una cosa y otra, es decir los años que nos empeñamos en vivir, son “patrañas”. Extraño pensamiento que obliga a dar importancia a todo aquello que yo pretendía eludir.

Hace un par de años se murió la gata que tuve desde antes de que nacieran mis hijos. Mi gata de soltera, podría decirse. La habíamos adoptado con mi amiga y compañera de departamento, y solíamos decir que tenía dos madres. Si pienso en esa fórmula que dice que todo lo que importa son el primer y el último día, debo decir que poco sé del día de su nacimiento: para mí sus primeros pasos fueron esos que daba torpemente dentro de la caja de cartón en que la vi por primera vez, un sábado a la tarde en Plaza Francia hace casi veinte años. Levantó su carita para mirarnos desde el fondo de la caja y nos robó la sensatez, porque diez minutos después caminábamos hacia el departamento con la gatita en brazos, precozmente bautizada como Francine en honor a su lugar de adopción.

El día que murió, yo estaba con mi hijo mayor. La gata llevaba algunos días comiendo poco, ya lenta y callada, flaquita tras su pelaje blanco de manchas beige y grises, entonces la llevamos al veterinario. No aguantó ni el suero que intentaron darle, y se murió frente a nosotros.

Nos abrazamos. No pude evitar pensar en esa muerte como una de las primeras que mi hijo vivía de cerca, y recordé entonces esa sensación de estar siendo aleccionado, sólo que esta vez yo estaba del lado de los que daban la lección. Frente a la muerte se llora, se frunce la cara, se dan abrazos. Ante la muerte se cierran los ojos con fuerza y hay siempre un último instante de resistencia. Yo hice todas esas cosas. Me sentí, contra mi voluntad, un poco como parte del elenco y la escenografía, esta vez los destinados a hacerlo entender a él.

Caminamos de vuelta a casa, llorando los dos, en silencio. El veterinario había puesto a Fran en una caja y yo la cargué en brazos, contra mi cuerpo, todo el camino. Sentía la tibieza a través del cartón, el último calor que su cuerpo le prodigaba al mío, su despedida. Pienso ahora en los ojitos luminosos que levantó desde aquella otra caja aquel día en la plaza, y no puedo evitar reparar en esa simple simetría.

5 de agosto de 2021

Equivocada


Me duele el pecho y como tantas sensaciones, la postergo. El día prosigue y el dolor sigue, leve, persistente, para ganar protagonismo al intentar dormir. Entonces despierta la paranoia. Soy grande para muchas cosas, pero para un episodio cardíaco sé que soy joven. Sin embargo...

Doy vueltas. ¿Voy o no voy? Decido que sí. Me doy una ducha y me visto. Desde el departamento de al lado me llega una tos cansada. Están con covid desde hace diez días. Ayer los padres tuvieron que salir a hacerse una placa. Dejaron a los chicos solos y yo quedé encargada de hablarles a través de la puerta, de a ratos, con voz despreocupada y haciendo chistes, como si nada espantoso estuviera pasándonos. La tos a lo lejos se repite, pero ahora siento que soy yo la que necesita que le hablen a través de la puerta y que le hagan chistes. Bajo las escaleras.

El taxi avanza rápido. La noche está oscura, el viento que se cuela por la ventanilla es cortante. Avanzamos por Azcuénaga. Es la primera calle en la que viví cuando llegué a Buenos Aires, cuando todo era verano y vida por delante. Veo veredas sombrías, un estacionamiento con enormes rejas cerradas. Algo entorpece las ideas desordenadas de ahora. Es algo antiguo, impreciso, que viene de aquellos años. Una sensación indefinida y sin causa, ni ahora ni entonces. La idea apenas percibida de una especie de agujero por el que a veces se cuela algo negro.

Llego. El lugar está desierto. Sólo un hombre de seguridad que me toma la temperatura, una adormilada mujer atrás de una ventanilla y un señor que pasa una enorme lustradora sobre el piso de mármol justo al lado de donde tengo que pararme. La mujer no me escucha, ni yo a ella. El hombre y su lustradora hacen añicos cualquier intento de conversación. Pero la mujer no parece notarlo y me sigue preguntando cosas. Saco el celular para ver mi número de credencial y la aplicación que hasta hace un minuto había usado sin problemas decide que debe actualizarse. Por supuesto la memoria del teléfono no alcanza para eso, y quedo de pronto privada de toda identidad. Entonces los odio. Odio a la mujer y su cara dormida, odio al hombrecito de la lustradora, odio al de seguridad también, por las dudas. Finalmente mi número de documento abre las puertas y termino en el primer piso. Ahora no hay lustradora. La espera no es tan larga. El médico es amable. Me interroga, me revisa, me hace un electro. Todo es normal. De un posible incidente cardíaco pasamos a una condritis, “muy común en mujeres jóvenes” según las palabras del médico, je.

Subo a otro taxi y vuelvo a casa. Donde sea que miro hay vacío, el viento frío, unas pocas personas con ese bozal prendido en la boca. Siento la certeza horrible de que esta ciudad no volverá a ser la que era, ni por mí, ni por otros. Me muero por un mate calentito y por estar equivocada.

31 de diciembre de 2020

Promesa

(10 de junio 2020)

Ayudo a Lucía con la tarea de Sociales. Todo gira alrededor de la bandera y de la promesa, la de cuarto grado, ese acto que seguro todos recordamos y que este año, no podrá ser. Hay que elegir una canción: parece que le cambiarán la letra a un hit argentino, entonces empezamos a bucear en Youtube. Pasamos por los Cádillacs y le enseño lo que era bailar a los saltos. Seguimos con Charly, Soda, Abuelos, Spinetta. Le cuento en secreto que no va a encontrar muchas canciones mejores que esas. Las conoce casi todas. Las quiere bailar y bailamos, tocando guitarras invisibles, sacadas, felices. Cuando no damos más (y además nos acordamos del vecino de abajo) nos sentamos a leer las consignas de la tarea y finalmente, en voz alta, el texto de la promesa a la bandera.

Empiezo. No me lo veo venir, y cuando las palabras pasan delante de mis ojos, libertad, tolerancia, pueblos del mundo, presente, futuro… quiebro. La voz se me parte en dos, pero sigo. Lucía me da un abrazo que es como un reflejo sabio, impropio de sus nueve años, y así se queda. Sigo leyendo sobre su hombro. Mi voz me parece de vidrio. Llego, como puedo, al punto final.

Las dos estamos llorando, sin poder desarmar el abrazo. Tranquilas, sin interés en detenernos. Lloramos todo: este mundo inesperado, otros abrazos que no llegan, el acto que no será. Lloramos también lo que tenemos, porque las dos sabemos que incluso lo bueno, a veces, no te deja respirar. Lloramos hasta que entre lágrimas, empezamos a reírnos. El abrazo sigue, ninguna lo puede dejar ir. Pienso que debo atesorar cuatro o cinco momentos de esos que no se olvidan, y que este es uno de ellos. Se lo digo tal cual lo pienso, y está de acuerdo. Al ratito la veo buscando un cuaderno para anotarlo.

Y ahora que nos abrazamos muchas veces más, nos dijimos mil veces que nos queremos y hablamos de que a las dos nos dan calambres justo antes de dormirnos, le apagué la luz, y yo también me vine a escribirlo.

Un minuto antes

Es el 18 de marzo. No lo sabemos, pero dos días después cambiaría todo. 

Expedición supermercado. La calle está tranquila, casi normal. Parece un domingo inofensivo. La tensión igual es inevitable. Se huele en el aire. La gente lo disimula, pero guarda prudente distancia al cruzarse unos con otros. En el super hay fila en la puerta, entra una persona cada vez que otra sale. Me doy cuenta de que voy tiesa, pensando todo el tiempo en mis movimientos. Qué toco y que no toco. Me pica la nariz y aguanto. Se me insinúa una tosesita alérgica y la reprimo, no vaya a ser que me linchen. Y de pronto las veo a ellas.

Entre las tres deben superar con holgura los doscientos cincuenta años. Son dueñas y señoras de las dos mesas que ese bar tiene en la vereda. El espacio es, en ese preciso instante, una esquina bañada de sol de atardecer. Están recostadas en sus sillas con mirada plácida y sonriente. Tienen tanta satisfacción en la cara, las tres, que me da por pensar que es una especie de revancha. Que mientras nosotros nos deslizamos discretos y temerosos buscando arroz y lavandina, ellas se sientan ahí a ver pasar la vida. Y nada más importa.


25 de diciembre de 2019

El mismo río


Cuando era chica le teníamos respeto al río, o tal vez era simplemente miedo. Nos contaban historias, temibles, magnificadas. Quizás el temor de que algo nos pasara hizo que los adultos nos hicieran construir ese miedo. Que el Chubut es angosto pero profundo; que hay corrientes internas; que nadadores profesionales se han ahogado. Solía pensar en esas historias, imaginar a esos nadadores de otro tiempo, abrazados por la muerte en las aguas de su río amado. Recuerdo los vagabundeos solitarios por las chacras, y las oníricas visitas al cementerio de la capilla. Las tramas misteriosas que intentaba reconstruir parada frente a las tumbas: algunas muertes en el río que pasaban por accidentes y en las que podían intuirse la desesperación y el dolor, el final de un espíritu atormentado que había decidido decir basta y se había entregado al abrazo líquido. Recuerdo también, ya en un pasado más que cercano, el mismo río como triste escenario de la desaparición de Santiago Maldonado.

Pero, aun con el miedo, el río estaba siempre ahí. No por peligroso se hacía menos amado. Su nacimiento lejano, su persistencia en círculos a lo largo de la tierra y su entrega al mar, fueron constantes en nuestra vida. Acampar en el dique. Tomar mate en su orilla, en Gaiman o en las chacras. Pescar en Playa, desde el muelle que dividía el agua en dos colores. Cruzarlo una y otra vez, en auto, por la ruta, o sobre el endeble puente Hendre, tan hermoso en su fragilidad de madera. Sentir su cercanía, el estallido de verde en los bordes y el marrón en el centro. Su llegada al mar, a pocas cuadras de casa, donde se convertía en un abanico de bronce invadiendo el verde del Atlántico, cerquita de donde nadaba papá.

Hace unos años hice un increíble viaje, y escribí un texto sobre un río lejano que me hizo pensar en nuestra fascinación por el agua. Me doy cuenta ahora de que no hacía falta ir tan lejos: el río Chubut había estado ahí, desde siempre, enviando el mismo mensaje. Esa eternidad de agua que fluye, ese pacto de perpetuidad al que nos aferramos.

Los ríos son importantes. También el mar. El agua nos une, zurca nuestras vidas. Protejámosla. A capa y espada. Contra lo que sea.

24 de mayo de 2019


Los madrugones de las 6.30 tienen un color distinto en invierno. Es un color de noche pero con sonidos diurnos, una porción de tiempo que tiene algo de refugio y algo de desconcierto.
Lo despierto. Le preparo el desayuno. Manuel se viste y reúne sus cosas. Yo apenas me calzo unas botas y me pongo la campera sobre el pijama. Bajamos.
Hay una complicidad adormecida pero poderosa en esos ciento cincuenta metros que caminamos hasta la parada. Ponemos las manos en los bolsillos y apretamos el paso mirando por encima del hombro si viene el colectivo. Conversamos un poco. Siempre mencionamos el frío que hace.
El 39 es una luz naranja que una de cada tres veces nos hace correr. Tenemos más o menos calculado el punto a partir del que vale la pena intentarlo: sabemos que si lo vemos venir a lo lejos justo antes de doblar nosotros la esquina, corriendo a buen ritmo, con el sabor de sangre en la garganta, llegamos. O llega él: unos cincuenta metros antes, yo desisto. Llega él, junto con algún otro pasajero que nos vio correr y también se apura. Lo veo acercarse al colectivo desde lejos y me parece tan chiquito con su mochila y su campera negra... Me detengo. Él arma un saludo apurado, sin llegar a mirarme del todo, sube y el colectivo se va. 
Yo quedo sola en la vereda. De pronto mi apuro y hasta mi presencia son objetos sin sentido, absurdos, como cajas que sirvieron para guardar algo importante y ahora están vacías, un poco rotas. Aprieto las muelas por el frío, vuelvo a buen paso porque me queda una hora antes de despertar y llevar al colegio a los más chicos. Suelo llegar y meterme en la cama. Algunas veces los pensamientos del día, más despiertos que yo, empiezan su rasgueo lento y ya no logro dormirme. Otras, logro dormir una hora más y la carrera en el frío para alcanzar el 39 queda convertida en una pausa onírica, como si no hubiese sido más que un sueño algo distinto a los demás. Como siento que alguna vez serán estos días en mi memoria.


17 de febrero de 2019

Triumph versus Olivetti



En un estante alto del placard de mi habitación hay una máquina de escribir. Parece una valija y hace años que no la abro: me acompaña en cada mudanza, sin cuestionamientos de su parte ni de la mía, como en cumplimiento de un mandato de esos que por antiguos ya ni se discuten.
Solía ser de mi papá, que a su vez la había heredado de mi abuelo, y recuerdo que en mi adolescencia tenía prohibido tocarla. A nosotros nos estaba reservada, aunque también a regañadientes, una Olivetti enorme y marrón en la que había que hundir con fuerza los dedos para que cada tecla llegara a cumplir ese propósito esquivo de estamparse con la intensidad justa en una hoja de papel. Y aunque ya había cada vez más computadoras y escribir a máquina era una anacronía, la máquina del abuelo era un objeto codiciado. Contrastando con la enormidad marrón de la tosca Olivetti (que ya no sé si era de mamá, o de los dos), ésta era una valijita negra y compacta que una vez abierta se convertía en esa máquina Triumph de rabioso color naranja con teclas chicas y mucho más fáciles de apretar.
Me fascinaba. Me fascina ahora, aunque jamás la abro. No lo sabía entonces, pero esa máquina, para cuando llegó a casa, ya había soltado todas las cartas que papá había recibido de mi abuelo cuando nos fuimos al sur. Supe también, después, que de la mano de esas curiosas obsesiones que papá y yo heredamos de modo parcial, mi abuelo había escrito todas sus cartas por duplicado y había archivado las copias en una carpeta negra, cuidadosamente alternadas con las cartas que recibía de papá, en una suerte de conversación impresa que abarca varios años.
Si las cartas del abuelo guardaban entre sí las similitudes que guardan los soldados almidonados de un ejército que todavía no peleó, las de mi papá en cambio formaban una muchedumbre desaliñada. Lo sé porque también tengo esa carpeta —y casi nunca la abro— en alguna parte del mismo placard. Hojas oficio, hojas carta. Cartas a mano, cartas a máquina. Papeles adosados, telegramas, algún dibujo de un auto recién comprado. El  diálogo sin ritmo de esos años lejos, en latidos desiguales, entre papá desde el sur y el abuelo desde Buenos Aires. Los laburos encontrados, los deseados. Un cambio de casa, o de pueblo. El inventario creciente de chicos (nosotros), de dientes nuevos, de primeros pasos. Pedidos de auxilio económico. Un telegrama en particular, que mis hermanos y yo recordamos siempre entre risas, en respuesta a un giro de dinero salvador: “Recibí giro. Gran alivio”.
Hay muchos años de historia, de nuestra historia, en esa carpeta negra. Años que fascinan y dan miedo, casi lo mismo que la valijita que teníamos prohibido tocar. Las dictaduras, la guerra de Malvinas. Los oscurecimientos. Ese acecho militar en las rutas del que tengo pocos datos pero que recuerdo con algo de terror. Mamá y papá embarcándose en un viaje de dos días en Citroen, desde Las Heras —mamá con panza de ocho meses— porque querían tener a mi hermana en Buenos Aires. Algo que a veces juzgo como locura propia de esos tiempos, o de esos padres, pero vaya a saber qué sería.
Abrir la carpeta no es fácil. Ya hay bastante con tanto presente como para dejarse alcanzar por tanto pasado. Leí muchos fragmentos y sé que un día voy a sentarme a leerla de principio a fin. Pero hoy, le toca a la valijita negra. Porque hace años que me vengo preguntando (tal vez en cada mudanza, cuando la máquina hace su viaje silencioso desde un estante a un camión, desde el camión a un nuevo estante) cómo será escribir con ella. Cómo será sacarle un cuento, o el fragmento de una novela. Cómo será renunciar a esta magia de ceros y unos que borra y reescribe sin remordimientos, tan veloz que casi, sospecho algunas veces, se adelanta al pensamiento y lo aniquila un poco.
Ya leeré las cartas, todas, en orden. Empiezo ahora por escribir con la valijita, como quien la empuña y emprende un viaje. Como si escribir presente, y leer pasado, fueran un solo hilo continuo que siempre tenemos que estar dispuestos a recorrer.

3 de enero de 2018

Como quien se esconde de la guerra




Pasé muchos fines de año originales. En una época, incluso, antes de quedar atrapada en el tejido invisible pero firme de los tironeos familiares y el vitel toné, fue una búsqueda adrede. Fue así que recibí el año en una fiesta en la playa, o acampando frente a un río, o comiendo sándwiches de jamón y queso en la cima de un cerro. Pero éste, en originalidad, se lleva todos los premios. Aunque de lindo, nada.

Cerca de las doce, M. empezó a sentirse mal. Un dolor en el costado, decía. En el pecho, decía. Ahora en el brazo. Molestia, llanto, dolor, dolor a gritos.

Tiene doce años, pensé. Juega, salta, trepa, pensé. El cuerpo siempre nos da señales erróneas, no debía ser nada importante. ¿Pero y si era? Tomé la decisión que pude, y en el instante en que todos brindaban, M. y yo caminábamos por la calle soportando la explosión masiva de fuegos artificiales. Se tapaba los oídos. Yo intentaba no llorar. Caminamos dos cuadras abrazados y llegamos a Corrientes.

No recuerdo haber estado en la calle en el momento exacto en que dan las doce a fin de año. Era un espectáculo que incluso para mí, tan apegada a las ficciones apocalípticas, no dejaba de acarrear su desconsuelo. Estoy segura de que quince o veinte minutos después de eso la fisonomía urbana se transforma, vuelve a parecerse a la que solemos ver, pero en ese momento, todo se me se me antojó increíblemente hostil y peligroso. La calle desierta de autos. Cada unos cincuenta metros, grupos de personas encendiendo cañitas voladoras (pensé, no pude evitarlo, en antepasados prehistóricos bailando alrededor del fuego). Atravesaban el pavimento caliente, cada pocos minutos y a toda velocidad, ambulancias o camiones de bomberos que nos dejaban el corazón latiendo a golpes. Parecía la escena de caos y destrucción de un bombardeo del que solo nos dábamos cuenta nosotros. Nos refugiamos en un zaguán como quien se esconde de la guerra.

No sé cuánto tiempo estuvimos en esa esquina. Intenté varios llamados, pero las líneas estaban congestionadas. No había colectivos ni taxis. Sin auto ni medios de transporte, no podía llegar al hospital que conocía, y no sabía si habría algún otro cerca. Cuando por fin di con un operador de la línea de emergencias de la obra social, supongo que se dejó llevar por la desesperación de mi voz, porque no pudo ayudarme ni decirme nada que yo no supiera. Pocas veces sentí tanta impotencia.

De pronto, apareció un taxi vacío. Subimos. Antes de decir nuestro destino, sin pensarlo, le dije al taxista feliz año. Esa parte de nosotros que cree en la medida del tiempo, esa parte que realmente piensa que en un punto preciso un año termina y otro empieza —que se atiene a los rituales, al fin y al cabo, para poder ignorar la cercanía de la muerte—, esa parte, en momentos como estos, se desmorona. Pero para nuestra sorpresa, conservamos algunos automatismos, y si hace falta, decimos feliz año.

M. se recostó en el asiento, al lado mío. Debo haberle preguntado cómo estaba unas veinte veces, y cada una de ellas respondió rápido y con claridad, como reportándose. Llegamos.

Otra vez feliz año. A los policías de la entrada, al de administración, al médico. Estábamos ahí, y lo que fuera podía ya no ser tan grave, porque ése era el lugar en el que iban a ayudarnos.

Nos recibieron, nos preguntaron cosas, lo revisaron. Bien los pulmones, bien el corazón. Apuntaron a lo muscular, le dieron un analgésico. Y llegó, por fin, ese punto en que uno se debate entre el alivio y el sentirse un poco tonto.

Un rato después caminábamos por Santa Fe buscando en qué volver. Haciendo alguna que otra broma, pensando en si nos habrían dejado o no un poco de helado. Circulaban autos, colectivos, gente. El mundo había vuelto a ser ese paisaje conocido y bastante fácil de anticipar.

Te asustaste, mamá. Sí, cómo no me voy a asustar. Perdón por arruinar el fin de año. No arruinaste nada. Abrazo. Y seguimos caminando.

Escribí esto una vez, en un cuento: “Sabemos que el mundo cambia en un segundo, eso ya no es una sorpresa. Lo sabemos desde muy pronto en nuestra pequeña línea vital, incluso en ese tiempo en que las cosas importantes son tan chiquitas y simples como insectos o caramelos. Lo que no sabemos es cuál es ese segundo ni qué lo diferencia del anterior, o del siguiente”.

Lo escribí porque quisiera que fuera cierto. Pero la verdad es que ni sabemos que el mundo cambia en un segundo, ni sabemos cuándo será. O lo sabemos y al ratito, nos volvemos a olvidar.

9 de febrero de 2016

Insectos


Ya me desperté a la una y a las tres. Ahora miro la hora, son las cinco. Aunque está oscuro, se oyen gallos a lo lejos (nunca entendí eso, nos metieron a la fuerza la imagen del gallo cantando al despuntar el alba, no antes). Un insecto enorme se estrella intermitentemente contra el atrapasueños que cuelga a la entrada del cuarto.
Salgo de mi entumecimiento. Me doy cuenta de que me picó un mosquito. Entonces me levanto, voy al baño, chequeo a los chicos. Renuevo el Off de piernas y brazos, que se estremecen debajo de esa lluvia fina. Cambio las pastillas de los aparatitos.
Libramos una batalla, los insectos y yo. A base de repelente y escobazos. Ellos vuelan, trepan, corren, a veces todo al mismo tiempo, pero yo también tengo mis armas. 
Me acuerdo de pronto de otras vacaciones, en Brasil, las primeras vacaciones “pudientes” de nuestra familia, y quizás las últimas (fueron en el 90, después todo se derrumbó). Había estado horrorizada al principio con la abundancia y variedad de insectos. Vivíamos en la Patagonia, y no vemos muchos por ahí, por lo visto el frío no les cae en gracia. Pero estos eran miles, y hasta de colores. Aunque a cierta altura de nuestra estadía, yo había aprendido a ignorarlos. Recuerdo estar recostada en un sillón y que una cosa enorme, llena de apéndices de colores, se estrelle a mis espaldas sin que yo me inmute. Supongo que es fácil lograr eso si tus intereses son los aros flúo y los chicos lindos que se alojan en la pousada.
Vuelvo a la cama y cierro los ojos, pero no logro volver a dormirme. Agarro el celular para mirar la hora: cinco y siete. Cuántas vueltas, con el cuerpo y la cabeza, en solo siete minutos. 
Ahí es cuando la veo, desde donde estoy. Camuflada en la guía de la puerta ventana, a centímetros de entrar al cuarto: una araña redonda y gorda. Muy grande, más de lo que estoy dispuesta a soportar. Se me tensa el cuerpo entero y me levanto. Trato de atraparla haciendo correr la ventana, pero nada. Se flexiona y reaparece, intacta. Le suelto la lluvia fina del Off y tampoco, hasta parece que le gusta, y sigue caminando hacia la abertura. Se necesitan medidas extremas: le doy una media docena de golpes con el borde del escobillón, hasta que queda hecha un bollito y no vuelve a moverse (y obvio, en ese punto, me da pena). El cuarto a salvo, vuelvo a la cama. Será que ahora no me interesan los aros flúo, y los chicos lindos alojados en el hotel, menos.
Cinco y nueve, dice la pantallita del celular. La batalla contra la araña se llevó nada más que dos minutos. Cierro los ojos. Quiero volver a dormirme para viajar de golpe a algún punto a mitad de la mañana. Un espacio distinto, de sonidos diurnos, en que la luz está instalada y los insectos no son más que un recuerdo borroso de la noche que fue.

6 de diciembre de 2015

Ojos de uva



—Tenés los ojos como uvas —me dice Lulú, las dos paradas frente al espejo del baño, yo tratando de peinarla y ella atrapada en ese minuto en que no le queda otra que quedarse quieta, y entonces se mueve con los ojos y con las ideas. 
Me vino la escena de golpe: mamá y yo en el auto. Ella maneja, yo estoy en el asiento del acompañante. Vamos por la Rivadavia, estoy casi segura de que estamos pasando frente al correo. La luz del atardecer entra horizontal por el parabrisas y nos ilumina la cara. Mamá me mira y me dice lo mismo, o casi lo mismo: “Ojos de uva”. 
Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, tengo ese impulso doloroso —doloroso por imposible— de llamar a mamá para contarle. Para decirle que Lulú, una nieta que no alcanzamos ni a imaginar juntas, me dijo casi lo mismo que me dijo ella, ese día, en el auto, hace veinticinco años.

6 de marzo de 2015

Gestos


¿Cuántas veces repetimos un gesto diario, de esos insignificantes? Podemos calcularlo con alguna aproximación, pero es imposible saberlo exactamente. Como también es imposible saber cuál va a ser la última vez de algo.
Bajar la palanquita de la tostadora, por ejemplo, eso sí que es algo insignificante. Salvo que esta tostadora, esta en particular, es uno de los últimos regalos que le hicimos a mi abuela, y el día que murió, con el departamento lleno de gente (ella en su cama, no quise verla), me llevé la tostadora bajo el brazo. Supongo que lo que en realidad me llevé bajo el brazo ese día, es el momento en que se la entregamos, un año antes de morirse, ya asediada por un par de caídas, por la costumbre de contar la misma cosa cien veces, por la creciente dependencia. Me llevé bajo el brazo su cara atenta frente a la explicación meticulosa que le di: ponés el pan, enchufás, bajás la palanca. Cuando salta desenchufás, y sólo después de desenchufar sacás las tostadas. Tenía pánico de que se electrocutara.
Pero ella aprendió, y durante casi un año se hizo sus tostadas, ella sola, con el pan lactal que toda la vida nos sirvió con Mendicrim y que ahora, por obra y gracia de su método riguroso, llegaba a la mesa tostado. Me llevé bajo el brazo, entonces, todos sus gestos de ese año, la repetición diaria de ese ritual diminuto y poco importante.
Es imposible saber cuál va a ser la última vez de algo, porque siempre parece que va a haber una más. Pero no. Porque hoy bajé la palanca de la tostadora y por primera vez en doce años, no pasó nada.

12 de noviembre de 2014

Právo en la Bienal Borges / Kafka

Éste es el video que llevamos a la Bienal Borges/Kafka, con imágenes de la hermosa Praga y los fragmentos de algunas crónicas. Fotos de Eugenia Martinez, textos moi, y la impecable edición de Martín Caldeiro. Citando al gran Brandoni, que lo disfruten con salud.

25 de enero de 2014

Tan líquido



¿Qué es el agua para nosotros? ¿Qué lazos no palpables nos llevan a buscarla? Es de noche y bordeamos el río, caminamos hacia el Puente de la Libertad con la promesa de ver mejor desde ahí otro de los puentes, el de las Cadenas, el más antiguo de Budapest. Antes de que existieran los puentes, durante el invierno, el Danubio congelado podía cruzarse a pie. Durante el deshielo, sin embargo, la conexión entre las dos orillas desaparecía. Hace más de ciento cincuenta años, la ofuscación de Esteban Szécheny, un aristócrata que quedó atrapado del lado equivocado y no pudo asistir al entierro de su padre, fue la piedra fundamental de ese puente soberbio que ahora es emblema de la ciudad. Si asumimos ese juego extraño de mirar el pasado, resulta comprensible: la naturaleza imponía barreras infranqueables. Estos puentes, incluso los antiguos, se tiñen ahora de luz blanca y eléctrica, son vías rápidas para los autos y buses que los remarcan. Como si siempre hubieran estado ahí.

El Danubio deja su marca sobre Budapest y la divide. Los habitantes, los de hoy, aceptan esa hendidura líquida, se acoplan a ella con una mezcla de arrogancia y sumisión. Buda, o Pest. Caminamos al lado de vías vacías, pasamos por la puerta de un restaurante cerrado. Nos abrimos paso entre árboles, sombras y mesas sucias. Tenemos que apartarnos de la orilla y dar un gran rodeo. Un caos de cintas rojas y cemento fresco nos recuerda que todo, siempre, está en reconstrucción. Los autos pasan silbando al lado de nuestro sendero inventado; una bocina de advertencia encauza un paso errado. Llegamos casi al centro del puente y solo entonces levantamos la mirada. Las luces a nuestro alrededor dibujan los perfiles del Parlamento, el Bastión de los Pescadores, el Puente de las Cadenas. Estamos en medio de un escenario luminoso y los minutos se van en la contemplación laxa de ese espacio abierto.


No es usual advertir fisuras en el tiempo. Tener la certeza de que un instante no es igual a cualquier otro. Sin embargo, algunas veces pasa. A la una en punto, sin previo aviso, las luces se apagan. Desaparecen el Parlamento, las cadenas de Scecheny. Hasta el puente en que estamos paradas se evapora, quedamos suspendidas sobre el río, en el cemento gris. Solo las luces comunes de la ciudad resisten. Calles y avenidas prosiguen su discurrir torpe de madrugada de martes, aunque ya sin su silueta de postal. 

La protesta es inútil, y bajamos la mirada para tomar contacto, sin mucha convicción, con los objetos menos distantes. Los autos que siguen pasando. La vereda oscura. Cuatro o cinco candados prendidos a la balaustrada. Oxidados, olvidados. Tratamos de adivinar en cada uno el secreto guardado, imaginamos la mano temblorosa que los cerró, que tiró la llave al río tal vez para impedir algún destino. Nos preguntamos, en silencio, qué clase de deseo necesita ser enterrado. Qué clase de secretos esconden el agua, el fondo oscuro, sus mil llaves ahogadas. Y más allá de los candados, como si de verdad lo viéramos ahora, el río. El Danubio se despoja de sus sedas vaporosas y su música. Se vuelve terrenal, un río tan líquido y tangible como cualquier otro. Ya no hay postal que mirar alrededor, por eso nos asomamos y miramos hacia abajo.


Nos damos cuenta de pronto (la verdad siempre es más simple de lo que creemos). Paradas en la semioscuridad y con los ojos en el agua, lo entendemos sin esfuerzo. No importa lo que pase arriba, en la ciudad. No importa qué mano digite el cambio de la luz o el trayecto de un sonido: el río no se detiene nunca. Ese es su secreto. A ese pacto de perpetuidad nos aferramos.

Abajo el agua corre, ligera. Olas diminutas y marrones que se escapan, sin parar.


26 de diciembre de 2013

La misma materia




¿Qué hace que una ciudad sea esa ciudad, y no otra? Budapest exhibe una mañana húmeda, amarilla, de bostezos contenidos y veredas amplias que bordean un parque rumbo al metro. Casi nada la delata, casi nada la diferencia de cualquier mañana en cualquier parte. Podríamos reprocharle a esa eme y su pequeña flecha hacia abajo que no sea idéntica a otras emes que señalan la entrada al metro, pero hacemos de cuenta que no notamos nada y bajamos las escaleras de Nagyvárad tér. Fingimos ignorar que la materia de que estamos hechos, los mismos elementos de siempre, se reordenan esta vez para formar una figura diferente.
Con el sueño en la cara, todavía, asomamos a ese mundo sutilmente demudado. Una vez que nos entendemos con la máquina expendedora de boletos, la mañana tiene gusto a café en vasos de papel y croissants rellenos de chocolate. Nuestras miradas perdidas estudian los objetos circundantes.
Las imágenes, primero en el andén y después en el interior de un vagón, emulan con eficacia la ambigüedad de la superficie: podrían ser con facilidad escenas del subte en Buenos Aires. No hay nada en los cuerpos de las personas inclinadas sobre los celulares que indique que al abrir la boca soltarán ese torrente entre tosco y suave que por momentos, aunque todos los lingüistas del mundo nos contradigan, nos suena a francés. Chicos y chicas en zapatillas, mujeres arregladas, hombres elegantes. Si hay indicios, son sutiles. Una nariz demasiado respingada, un par de ojos demasiado claros. La forma puntiaguda de un zapato o la velocidad excesiva de las escaleras mecánicas, que por alguna extraña razón se desplazan en Budapest con el desenfreno de un carroussel defectuoso.
Sumergidas, bajo tierra, sin dejar de mirar alrededor, nos trenzamos dentro de ese gusano que recorre el túnel y se va llenando de pasajeros con abrigos. Avanzamos una, dos, tres estaciones (las miradas nos rozan apenas). Ahora cuatro. Hasta que en una curva —en un sacudón del vagón que hace parpadear las luces—, como si las leyes de la física trastabillaran, algo cambia. Un hombre cree intuir, desde el letargo de la mañana lenta, que el ritmo que los toca a todos ellos nos esquiva a nosotras con poco disimulo. Los ojos caen sobre el cuaderno bajo el brazo primero, sobre la cámara de fotos después. Esos ojos somnolientos son el núcleo plano de un efecto expansivo que arrasa: entonces, las miradas se multiplican. Los ojos ya despiertos examinan con sagacidad nuestras botas, los colores de nuestros abrigos, las costuras de los pantalones. Cualquier cosa nos puede delatar. Un gesto en la boca, un logo colorido en la ropa. Todo nos delata. El vagón vuelve a temblar y se mete chirriando en la estación.
La llegada los distrae, las costumbres los absorben. Sueltan a sus presas como lobos asustados por un ruido. Entonces saltamos del vagón, nos lanzamos a las escaleras mecánicas y a su velocidad malsana, que esta vez agradecemos. Un hall grande, un pasillo, más escaleras, hojas secas en el suelo y la luz blanca de la calle.
Nos volvemos a mezclar, a salvo entre la gente. Acoplamos nuestros pasos a los del resto, somos uno más de esos seres que se pierden entre las fachadas renacentistas de Andrássy utca. Estamos hechas, después de todo, de la misma materia.


22 de diciembre de 2013

Traian Romanescu y la náusea

Una tarde de enero de 2003 cruzamos a pie a Bolivia desde La Quiaca por un camino atestado de tejidos a mano, vasijas de barro y hojas de coca. Llegamos a Villazón y, muertos de calor, deambulamos por una plaza. Nos detuvimos al azar frente a un puesto con una mesa llena de chucherías de plástico y unas soguitas que exhibían pañuelos de varios tamaños, colores y estampados. Vi el primer pañuelo negro, lleno de esos dibujos que de lejos parecían crucecitas, ondeando casual debajo del sol arrasador. Después vi que no era uno, sino que eran un montón. Las crucecitas —las esvásticas— los invadían como si fueran flores o mariposas, con la misma alegría fortuita de cualquier tela estampada. Pero eran esvásticas.

En ese momento temblé. Me acuerdo bien de la sensación. Un temblor interno, violento. La certeza absoluta de que la voz no va a volver a sonar con firmeza, de que los siguientes pasos van a ser débiles. Cuando unos segundos después me repuse de la sorpresa, sin haberme sacado de encima la sensación del estallido interior, atiné a preguntarle al del puesto si sabía lo que significaba ese símbolo. También me acuerdo bien de la cara del tipo cuando me contestó que sí, que sabía, pero que la gente le compraba los pañuelos, y él tenía que vender.

La segunda vez que experimenté esa sensación fue en una librería de usados en la avenida Corrientes. Para ser exactos, Corrientes pasando Rodríguez Peña, mano derecha si uno mira hacia el Obelisco. Al menos ahí estaba cuando hace unos cinco o seis años me encontré de pronto, mientras hojeaba libros, con un ejemplar de Mi lucha entre las manos. El temblor había empezado unos segundos antes, una náusea lenta y oscilante que se me trepaba por la garganta al mirar la tapa de un libro que se llamaba La otra campana y ofrecía, con esa metáfora transitada hasta el hastío, “la otra versión” de la dictadura militar. Por supuesto que la náusea se hizo temblor, enrojecimiento, vértigo, cuando agarré el otro libro, más negro y más pesado que el librito de las campanas. También esa vez me alcanzó el espíritu, no sé por qué, para ser capaz de hablar. Hasta me dio el cuero para la ironía. Levanté la vista hacia el vendedor más cercano y con el libro en la mano le pregunté si esa era la sección de fascismo. El pobre pibe se rió sin entender. Por suerte.

Y la siguiente vez, la tercera, fue hoy. Hace exactamente cuarenta y cinco minutos. Es que tuve la mala idea de buscar apellidos para un cuento y di, qué suerte la mía, con un post que transcribe el fragmento de un libro editado en México en 1961: La gran conspiración judía, de Traian Romanescu. La página se llama “Stormfront” y ostenta en su extremo izquierdo (ay, qué descuido) un símbolo blanco y negro (otro descuido) que reza “white pride world wide”, lo que vendría a significar algo así como “orgullo blanco en todo el mundo”. El texto describe, en resumidas cuentas, las numerosas estratagemas de las que se vale “el judío conspirador” para disimular su apellido y, por ende, su origen.

Cuando quise indagar sobre el libro y el autor, caí primero en una falsa biografía que encontré plagada de referencias curiosamente vinculadas con datos de mi propia vida. Según este extraño ejercicio de ficción, no solo Romanescu había vivido en España (mis abuelos eran españoles y en alguna parte tengo guardado un librito de color bordó que me permite hacer colas más cortas en los aeropuertos), no solo había huido a la Argentina (no necesito explicar mi vinculación con eso), sino que el muy desgraciado se había muerto en su casa de Chubut (provincia en la que viví algunos años). Con esto quedaba demostrado una vez más que el destino y esos guiños perversos que solemos llamar casualidades se toman el atrevimiento de seguirnos, rozarnos, abofetearnos. Pero como decía, lo comprobé después, la biografía era falsa, y nuestros destinos —el de Romanescu y el mío— volvieron a quedar tranquilizadoramente distantes.

Del sondeo posterior, llegué a dibujarme una historia que más o menos tiene estos elementos, en el orden en que ustedes quieran o puedan decodificarlos: sociedades secretas de la ultraderecha mexicana, supuestos revisionistas, falsa biografía, negacionismo, Universidad de Guadalajara, seudónimo, Carlos Cuesta Gallardo, nacionalsocialismo, gran-conspiración-judía-masónica-comunista.

Los detalles no importan. El valor de verdad o mentira de cada elemento lo comprobaré más tarde. Tampoco es lo peor el texto, que ya lleva sobre la faz de la tierra sus buenos cuarenta y dos años, ni es lo más preocupante la firma falsa, el camelo urdido seguramente por ultrafascistas deseosos de abonar con palabras de académicos truchos la tierra pantanosa del neonazismo. No, señores. Lo más triste, lo más peligroso, es la chorrera de comentarios al pie. Comentarios de estos años, de hoy, de ahora. Porque al pie de la nota los muchachos —hoy, ahora— se congracian con el autor, suman su propia sapiencia y anécdotas, aportan datos útiles para reconocer el fenotipo sefardí, se compadecen entre ellos (vamos, quién no ha sufrido alguna vez en carne propia el sadismo de quien trata de ocultar su apellido judío), y finalmente reclaman, a viva voz y hermanados en tamaña carencia, la versión en pdf del libro de Romanescu.

En ese punto, decido irme a dormir. De entre todas las sensaciones dolorosas que pasaron por mi cuerpo —y pasaron unas cuantas— esta es una de las más punzantes y extrañas. Hago el esfuerzo y me trago la náusea, el temblor. Los pañuelos negros, los libros sobre luchas personales y sobre campanas. El mundo que me da vueltas y amenaza con desaparecer, volverse un hervidero de hormigas recién aplastadas por un zapato sucio.

Y pido —rezar no me corresponde, así que solo pido— que mañana me dé el ánimo para buscar la forma de denunciar la página. Me duermo pensando en eso y en qué más se puede hacer que no sea temblar como una estúpida y decir ironías que nadie capta. Porque de todo lo que puede hacerse, intuyo, este escrito no es más que un intento falaz y diminuto.




22 de noviembre de 2013

Antología de cuento argentino, y un chin chin

En el menú en forma de nube que pueden ver a su derecha figura (yo hice figurar) el ítem “Noticias”. Se supone que tengo que poner ahí las noticias relacionadas con este blog y mi lenta y errática incursión en las letras. Creo que este acontecimiento cuadra a la perfección, porque en este mismo momento está saliendo de imprenta la Antología de cuento argentino editada por El Ateneo en conmemoración de sus cien años. Cuenta, entre sus relatos, con uno de mi autoría.
No puedo decir mucho más, excepto que todavía estoy tratando de superar el impacto que me produce el hecho casi surrealista de ver figurar mi nombre en el mismo párrafo que los de Borges o Cortázar —por no mencionar que comparto renglón con Fogwil y Lugones— entre muchos otros  increíbles escritores argentinos de todos los tiempos. Les dejo la tapa y, en el nombre del libro, el enlace al catálogo de la editorial. Y un chin chin estrepitoso, si me permiten.

20 de noviembre de 2013

Pest

© Eugenia Martinez fotografías

Buda, o Pest. Jugamos con la idea, con las palabras, con rimas. Como tantas, una ciudad dividida. Pero eso no importa en este instante. Estamos lejos, ese nombre es por ahora una unidad indisoluble, un objetivo táctico marcado sobre el mapa con tinta azul. No son trescientos, sino más de quinientos kilómetros. Un error de cálculo que nos augura una llegada con la noche ya caída. Budapest, entonces, se desplaza. Sus dos semipalabras, juntas, se vuelven un resplandor que nunca llega, que se disfraza de otras ciudades. A nuestro alrededor la luz se escapa.

El miedo es noche algunas veces. Es campos ondulados con cultivos que todavía no logran asomar. Es horas que no se mueven, conversaciones truncas. Es conductores con sueño, curvas suaves, luces de colores. Es deseo de llegar.


Y entre curvas, sueño, noche, de pronto, las huellas humanas —casas, edificios, fábricas— que empiezan a multiplicarse. Hasta que el resplandor se materializa. Ya no es un fogonazo difuso en el cielo, justo detrás de unas montañas bajas: ahora es una ciudad con bordes nítidos.


Nunca nada está tan cerca, ni suficientemente lejos. Budapest se dibuja sin equívocos. Atravesamos, por fin, un puente. Abajo está el río. Vemos otros puentes, iluminados. Lo sabremos después: el Puente de las Cadenas, el de Elizabeth, el de la Libertad. El camino queda atrás, hasta la noche retrocede un poco. Ya no existe el miedo, y atravesamos Buda. Estamos en Pest.

1 de noviembre de 2013

Cíclope

© Eugenia Martinez fotografías

Hoy llueve, y todo lo vemos desde abajo de nuestros paraguas. Fondo violeta con lunares blancos, mariposas de colores: un marco anacrónico y permanente para una ciudad que hoy se presenta gris. Es nuestro primer paseo, y sin saber hacia dónde vamos seguimos el trazado de una avenida angosta. A pesar de los paraguas, corremos para protegernos de la lluvia —de un pórtico a una recova, de un toldo a una cornisa—. Cuando la vemos, aunque al principio no sabemos qué es, intuimos que capturarla es ineludible. Nos paramos frente a ella y eso hacemos. Escribimos, sacamos fotos, la fijamos por la fuerza en la memoria. 
La Torre de la Pólvora es prácticamente negra, resalta contra la luminosidad descarada de la Casa Municipal, pintada de amarillo, que parece sostenerla desde un costado. Alguna vez fue una de las trece puertas de la ciudad amurallada. Hoy, como un cíclope ocioso, abre las piernas para que los autos pasen. De la fachada cuelgan seis ángeles, o al menos eso es lo que parecen. ¿Qué otra cosa tendría alas? Alas de oro, absurdas y pesadas, que no los dejan volar.
Tampoco nosotras volamos. Decidimos que tenemos que pasar por debajo de la torre y avanzamos por la vereda angosta. Hacemos a un lado nuestros paraguas (no parece lógico seguir sosteniéndolos sobre nuestras cabezas si ahí dentro no llueve). Por un momento la atmósfera cambia: dentro de la arcada de piedra, olor a humo de los caños de escape, aire caliente, algún turista que se arrincona contra la pared para dejarnos pasar. Al final de ese túnel breve se prolongan la lluvia y la calle.
Seguimos caminando, mojándonos las botas y el pelo debajo de los lunares blancos y las mariposas de colores, buscando la siguiente meta.