"...sitting in his nowhere land, making all his nowhere plans for nobody".
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19 de abril de 2014

Una caja


Tengan una caja, arriba de algún placard. Llénenla de fotos, cartas, papelitos de golosinas alisados y guardados como billetes valiosos. Postales, flores secas, las estampillas que coleccionaron cuando tenían doce. Entradas de cine, boletos de colectivo. De vez en cuando, ábranla. Vacíenla en el suelo. Relean las cartas, miren las fotos. Lloren, puteen. Ríanse un poco. Vuelvan a guardar todo. Pero aférrense a ella. Cuídenla, con las uñas y los dientes: es parte de ustedes. Y no dejen nunca, nunca, nunca, que nada ni nadie los obligue a olvidarla.

11 de diciembre de 2013

Extraño

Tenías muchas veces un cigarrillo en la boca, el pelo desaliñado, los gestos rápidos. Eras descomunalmente alto, pero cabías en el fitito verde. Decías que las personas se dividían en perros y gatos. Los gatos, astutos y huidizos; los perros, pura bondad y entrega. Y vos eras perro, no había ninguna duda. Los ojos marrones y buenazos, la sonrisa torpe cuando decías cuánto nos querías, como sin saber dónde meterte. De lo tangible me queda poco. La reconstrucción torpe de tu cara, que sostienen con más fuerza las fotos que mi memoria. Tres o cuatro frases de una charla que tuvimos, de noche, en la ruta, yendo a Jaramillo en una camioneta Ford. Tu voz, que sale de un cassette pesado y blanco y me pregunta cómo me llamo. Yo contesto mi nombre y digo que tengo doce. Te extraño, viejo. Mucho.

19 de septiembre de 2013

Ático



* 1999.


Era una noche bastante fría aunque recién estábamos en abril. Llegué a casa y subí las escaleras del edificio envuelta en el azul pálido de las luces de emergencia. Comprobé al entrar al departamento lo que había querido negar mientras subía: tampoco en casa había luz. Bajé a comprar velas y volví a trepar los tres largos pisos de escalones gastados.

Encendí tres velas y las puse sobre la mesa, tal vez solo para recuperar las referencias espaciales básicas en medio de esa negrura. Bajo su luz amarilla y álgida me recosté a pensar, ya que no podía hacer otra cosa.

Entonces sentí los pasos en la escalera. Primero entusiastas, después más tranquilos y finalmente exhaustos: la secuencia previsible que repetíamos todos para llegar a ese refugio con alma de ático. Esperé a que golpearan para ir hasta la puerta. Como en un rito exánime pero necesario, aunque había reconocido los pasos y las voces veladas, pregunté quién era antes de abrir. Papá y mamá entraron, todavía sin aliento, saludándome y hurgando en cada rincón de lo poco que se veía del departamento. Nos sentamos a la mesa y serví café.

Tuvimos una de esas conversaciones largas en que nos enfrascábamos, siempre café mediante, cuando yo volvía a casa después de varios meses en Buenos Aires. Después de tanto tiempo sin vernos ese primer encuentro era reconfortante. Desandábamos silencio y distancia, volvíamos a enlazar los hechos como si reordenáramos las figuras de un tapiz. Yo me sentía grande, ellos se daban cuenta.

Nunca supe cuánto tiempo transcurrió. El departamento oscuro, las tres velas encendidas y el olor del café, portador de las huellas de un tiempo distinto, mejor. Extraño y posible al mismo tiempo.

Se fueron como llegaron, envueltos en sonidos conocidos. Todavía hablaban y se reían un poco cuando desaparecieron en la oscuridad de la escalera, hacia la calle.

Volví a recostarme en la cama y cerré los ojos. Pensé en cuánto los extrañaba todavía.

10 de febrero de 2012

Menos mal que existen las metáforas


El mundo real puede ser mágicamente transformado por una metáfora. Puede transpolarse su belleza a palabras de igual porte o puede, y esto es lo increíble de una metáfora, embellecerse lo que no era precisamente hermoso por el solo hecho de ser trasladado al mundo de la abstracción, al universo del sentido figurado.
Tarde de miércoles (es decir, miércoles por la tarde). Un baño tibio y Lucía que balbucea en el agua, golpea un vasito contra las canillas mientras canta, aguarda el momento en que la recibirán mis brazos y la toalla seca. 
Entonces sucede lo imprevisible: quizás la distensión del momento, quizás la tibieza del agua, la conducen a expresarse del modo más primitivo que conocemos, y los testimonios de eso, nuevos y pequeños invasores marrones que por algún motivo no se condicen con su carita angelical, quedan flotando aquí y allá entre los juguetes.
La tarde muta repentinamente. De la apacibilidad del fin del baño somos arrojados a un estrepitoso caos: sacar a la nena del agua antes de que tenga algún impulso que haya que lamentar, rescatar los juguetes y darles el consabido baño de lavandina, enjuagar la bañera... en fin, borrar las huellas de la catástrofe. Pero después de tres hijos, si algo sobra son reflejos y una rápida capacidad para sobreponerse a los desastres. En menos de treinta segundos, en la bañera solo quedan los intrusos y el agua. Julián se ha acercado a apreciar la obra de su hermana y por unos instantes los tres, asomados al abismo de la bañera vaciándose, somos testigos de esa huída colectiva, de ese baile circular que las pequeñas partículas dan alrededor del desagüe antes de desaparecer.
Entonces Julián, en un repentino arrebato poético, lanza con mirada soñadora:
-Parecen peces, mamá.
Ya lo decía yo: menos mal que existen las metáforas.   

5 de mayo de 2011

Como arena entre los dedos

La idea lo miró, desafiante y juguetona, desde el rincón del cuarto al que había escapado con un salto sorpresivo, justo antes de que él alcanzara a escribirla en el papel. Él la miró también, midiéndola de lejos, casi perdonándole en la contemplación aquéllas claras intenciones que tenía ella de escurrirse para siempre. Es que era perfecta: ni muy alta ni muy baja, redondita. De esas que mordían de placer, que lo hacían despertarse de noche, afiebrado de entusiasmo. Y se le había ocurrido a él solo, sin ayuda de nadie. Pero justo cuando empezaba a paladearla, cuando ya tenía las palabras en la palma de la mano y estaba a punto de darles forma, el bebé había llorado. Y la idea había aprovechado la confusión, la breve vacilación de él, para quedar fuera de su alcance.
El llanto del bebé apenas se había insinuado desde el otro cuarto a través de la puerta entreabierta, pero era el preludio inconfundible de uno mayor, uno sin remedio ni retorno que marcaba el final inevitable de la siesta. Él le dio a ella una última mirada. Todavía estaba parada en la esquina opuesta de la habitación. Giró sobre sus talones resignado y mientras caminaba rumbo al cuarto del bebé vio con el rabillo del ojo cómo ella se lanzaba hacia la ventana entreabierta. La oyó soltar una carcajada al tocar la vereda, antes de salir corriendo con saltitos cómicos.
Entró en la habitación del bebé cuyo llanto, que ya había estallado en forma franca, menguó ante su presencia tranquilizadora y el abrazo que vino después. Y mientras sonreía, fundido en aquel abrazo, miró una vez más hacia afuera y todavía logró verla.
Ya te voy a agarrar, vas a ver, pensó, y siguió abrazando al bebé. Ella lo miró también, burlona, mientras se alejaba envuelta en el revoloteo de sus piernas largas y sus pestañas sugerentes. Así la vio partir, desaparecer, escurrírsele como arena entre los dedos.
Apretó el abrazo todavía más poniendo besos y susurros en las orejitas del nene.
Otra vez sería.

26 de marzo de 2011

Instante

Estamos acodados en ese balcón de oscuridades húmedas y viejas. Él, sus casi seis años y yo, asomados a Suipacha desde el primer piso de la antigua confitería Ideal. Nos envuelve de pronto un silencio íntimo, nuestro: una súbita y breve calma de la que fue capaz su corazón niño. Miramos hacia la calle. A lo lejos todavía suenan los cantos de la marcha del veinticuatro, esa que latió con nosotros un rato y que acaba de dejarnos ir. A nuestras espaldas, en el salón luminoso, las parejas se mecen suavemente, envueltas en un tango que nos acaricia la espalda.
Hay veces en que todos los tiempos se funden en un solo instante.

9 de junio de 2010

Noticias

Hoy las noticias brotan del televisor e invaden el cuarto mientras desayuno. Lo de siempre. Regresan los deportados de Sudáfrica. Escándalo en Ezeiza. Balean a un hombre que intentó resistirse a un asalto. Y la última, la que queda rebotando entre las paredes y resonando en mi conciencia. Cerati está grave. Se habla de un daño cerebral extenso.
Las lágrimas tratan de aflorar. Al principio casi no las entiendo. 
Me llegan las imágenes de un futuro cercano, posible: el declive de la vida —que conozco tan bien, que viví tan de cerca—. Esa recta final que sólo termina en un lugar. La mirada ausente, preocupada ahora por las demandas más primitivas del cuerpo. El rostro desencajado, apenas reconocible, de alguien que ya no es quien era. Las piernas inertes, quizás. La palabra ausente, quizás. La voz que solía envolvernos, muda. 
Y entonces llegan las otras, no las del futuro: las imágenes del pasado. 
Una canción que brota de un radiograbador de doble casetera en la gomería de Caco. Un asalto. Nosotras que aceptamos bailar lentos, pero con los brazos extendidos, marcando la distancia. 
Andrea y yo a la vuelta de un verano, charlando, midiendo lo que habíamos madurado en esos tres meses, con jeans nevados y aros flúo en nuestras orejas, escuchando "Prófugos"
Una habitación a oscuras, en alguna casa indescifrable de las tantas que hubo en mi infancia: "Cuando pase el temblor" golpeándome en el centro, conectando con algo que dolía, no recuerdo bien qué.
Porque todo eso somos, también. 
Y ahora entiendo las lágrimas.

10 de abril de 2010

Primer día

Me acerco a Ciudad Universitaria. Estaciono el auto. No estoy segura de dónde lo estoy dejando exactamente y me pregunto si no se lo llevará una grúa o algo así. Alejándome de él, de ese último receptáculo seguro, me interno en esa selva cementada y monstruosa –por algún motivo encantadora para mi- de los pabellones II y III. Voy y vengo. Me zambullo primero, equivocadamente, en el subsuelo del III. Y como doy prioridad a un cafecito reconfortante, me entero tarde de que en realidad mi materia es en el pabellón II. Empiezo a caminar apurada, volviendo sobre mis pasos, sintiendo que mis treinta y seis años y mi cara de primer día se exhiben como un cartel luminoso en mi frente.
Entonces las veo. Estoy en la mitad de una escalera que trepa al pabellón II y allí están ellas.
La más joven está en el último escalón. Tiene la carita redonda, algo rellena, con la piel tersa de los diecisiete. Refugia sus manos en los bolsillos de una campera roja, encogiéndose un poco por el frío tímido de la mañana. Sonríe.
La madre está al pie de la escalera con una pequeña cámara digital entre las manos. También sonríe. Le saca una foto.
Yo capto la escena desde un costado del cuadro, mientras subo, cuando estoy justo a medio camino entre las dos.
“Chau, mami” dice la madre suavemente. La chica le contesta con un acento que podría ser correntino: “¡Chau! Fijate cuál es el treinta y siete”. Y pierde a la mirada en algún punto por encima de mi cabeza, a mis espaldas, donde los colectivos y los pasajeros se arremolinan buscando sus caminos.
Yo sigo el mío. Aprieto mi cuadernito para que no se caiga. Todavía tengo que encontrar el aula 213 y ya son más de las siete.