"...sitting in his nowhere land, making all his nowhere plans for nobody".
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Inés Caldeiro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Inés Caldeiro. Mostrar todas las entradas

18 de septiembre de 2021

Simetría

 


“En uno que se moría / mi propia muerte no vi / pero en fiebre y geometría / se me fue pasando el día / y ahora me velan a mí”.

Descubrí, demasiado temprano en la vida para mi gusto, que en cada muerte cercana suelen revivirse otras. Algo más tarde, con las reiteraciones, comencé a comprender también que con cada muerte se anda y vuelve a andar ese sendero que implica aceptar que alguna vez nos tocará. Como si las formas del duelo fueran en realidad el ensayo repetido de algo que espera, tenaz y paciente, para revelarse ante nuestros ojos. Un objeto singular que va quedando al descubierto de a poco. Que tendremos que ver por un lado y por otro, bajo diferentes luces y distintas perspectivas, una y otra vez, hasta, con un poco de suerte, entender.

Tuve toda clase de conductas de desafío y resistencia frente a la muerte. Todas bastante tontas, si tengo que ser honesta. Compré margaritas en lugar de rosas o claveles. Asistí a cementerios vestida de rojo. Me reí a carcajadas en un velorio porque la sala quedaba en la calle Humboldt (cronopios comprenderán). Escribí media docena de cuentos que transcurren en cementerios procurando desarmarlos en una burla sutil. Elegí, cuanto me tocó hacerlo, los cajones más sencillos, y mandé tallar en el mármol las frases más discretas y planas que podría haber hecho escribir: necesitaba dejar claro que la muerte y toda su pompa de flores pretenciosas y manijas ornamentadas me tenían sin cuidado. En todos los casos consideré que tenía el derecho. Que la vida, o los dioses, o las fuerzas oscuras, o quien demonios fuera, me lo debían por quitarme algo.

Pero hiciera lo que hiciera, fui aprendiendo igual. Fui dejándome alcanzar, sin darme cuenta, por cada uno de esos ensayos en que el objeto se dejaba ver un poco más. Cuando leí ese poema en medio de Glosa, una novela exquisita pero tan difícil de andar como los mismísimos velorios, estaba en un vagón de subte de la línea B. No sé por qué, pero siempre me acuerdo exactamente del lugar en el que estaba al leer por primera vez algo que me impacta, como si hubiera algún nexo oculto pero necesario entre esas dos dimensiones en apariencia tan distantes: el mundo material que va transitando el lector y el acervo de ideas que encierra un libro. Cada vez que vuelvo a ese nudo, a esa idea, vuelvo entonces a ese vagón lleno de gente a las nueve y pico de la mañana en que entendí de pronto que hagamos lo que hagamos nos va a tocar igual, y que cuando nos queremos acordar, ya es tarde.

Pero uno se olvida de lo que aprende, todo el tiempo. Se acostumbra a ponerlo a un costado, a no mirarlo de frente. Por un lado, porque es necesario. Por el otro, porque no creo que nada alcance para comprender demasiado rápido, ni del todo, algo tan insólito como la muerte. Algo tan descabellado como convertirse lentamente en otra cosa, hasta dejar de estar y dejar de ser.

Otra frase, otra pequeña poesía ya no recuerdo de quién, me obligó hace un tiempo a pensar en la muerte de una manera distinta: “entre barreño y barreño, patrañas”. Intenta decir que el día del nacimiento (el primer barreño refiere al bautizo) y el día de la muerte (el otro barreño es aquel con que se lavaba un cuerpo) son todo lo que en verdad importa, y que todo lo que hay entre una cosa y otra, es decir los años que nos empeñamos en vivir, son “patrañas”. Extraño pensamiento que obliga a dar importancia a todo aquello que yo pretendía eludir.

Hace un par de años se murió la gata que tuve desde antes de que nacieran mis hijos. Mi gata de soltera, podría decirse. La habíamos adoptado con mi amiga y compañera de departamento, y solíamos decir que tenía dos madres. Si pienso en esa fórmula que dice que todo lo que importa son el primer y el último día, debo decir que poco sé del día de su nacimiento: para mí sus primeros pasos fueron esos que daba torpemente dentro de la caja de cartón en que la vi por primera vez, un sábado a la tarde en Plaza Francia hace casi veinte años. Levantó su carita para mirarnos desde el fondo de la caja y nos robó la sensatez, porque diez minutos después caminábamos hacia el departamento con la gatita en brazos, precozmente bautizada como Francine en honor a su lugar de adopción.

El día que murió, yo estaba con mi hijo mayor. La gata llevaba algunos días comiendo poco, ya lenta y callada, flaquita tras su pelaje blanco de manchas beige y grises, entonces la llevamos al veterinario. No aguantó ni el suero que intentaron darle, y se murió frente a nosotros.

Nos abrazamos. No pude evitar pensar en esa muerte como una de las primeras que mi hijo vivía de cerca, y recordé entonces esa sensación de estar siendo aleccionado, sólo que esta vez yo estaba del lado de los que daban la lección. Frente a la muerte se llora, se frunce la cara, se dan abrazos. Ante la muerte se cierran los ojos con fuerza y hay siempre un último instante de resistencia. Yo hice todas esas cosas. Me sentí, contra mi voluntad, un poco como parte del elenco y la escenografía, esta vez los destinados a hacerlo entender a él.

Caminamos de vuelta a casa, llorando los dos, en silencio. El veterinario había puesto a Fran en una caja y yo la cargué en brazos, contra mi cuerpo, todo el camino. Sentía la tibieza a través del cartón, el último calor que su cuerpo le prodigaba al mío, su despedida. Pienso ahora en los ojitos luminosos que levantó desde aquella otra caja aquel día en la plaza, y no puedo evitar reparar en esa simple simetría.

23 de septiembre de 2016

A la hora de las lágrimas en el parque de enfrente



A la hora de las lágrimas en el parque de enfrente las mujeres van llegando, solas o en pequeños grupos, ya llorando desde la esquina o desde la entrada del metro con ese silencio minucioso de sollozos contenidos y chales de macramé. Ese que se oye igual, que habita el espacio por ausencia, por agonía conocida.
Se cubren la cabeza casi todas y se sientan en los bancos frente a la laguna de cisnes o alrededor de los canteros de lavanda. Algunas, ya sin lugar para sentarse, se amontonan abrazadas por los senderos de lajas apretándose el pañuelo. El pulso continuo de la ciudad alrededor no las toca. Ellas a él, tampoco.
Lloran un rato largo, casi sin moverse. Susurra apenas la ropa blanda, una mano acomoda el pelo al costado de una cara ajena. Brillan ojos húmedos de sal y escapa algún gemido suave de final de llanto. Y pronto un estallido suave, incoloro, las desgrana. Se dispersan un poco, se limpian los lentes o sacuden pelusitas del hombro. Van bajando a la calle y dejan su reflejo en la laguna, como si quedara una parte de ellas, para siempre, suelta junto al trazo líquido de las aves de cuerpos blancos. 
Entonces se van, en silencio como llegaron. Abrazadas de a dos o en ese abrazo solitario, al propio cuerpo, que las mujeres pueden darse. Abrazo de ojos fijos en suelo, el dorso de la mano borrando las huellas del llanto. Las devora la entrada oscura del metro o se pierden por la vereda, entre los otros.
El parque de las lágrimas se vacía como si un sol apagado saliera de pronto.

9 de febrero de 2016

Insectos


Ya me desperté a la una y a las tres. Ahora miro la hora, son las cinco. Aunque está oscuro, se oyen gallos a lo lejos (nunca entendí eso, nos metieron a la fuerza la imagen del gallo cantando al despuntar el alba, no antes). Un insecto enorme se estrella intermitentemente contra el atrapasueños que cuelga a la entrada del cuarto.
Salgo de mi entumecimiento. Me doy cuenta de que me picó un mosquito. Entonces me levanto, voy al baño, chequeo a los chicos. Renuevo el Off de piernas y brazos, que se estremecen debajo de esa lluvia fina. Cambio las pastillas de los aparatitos.
Libramos una batalla, los insectos y yo. A base de repelente y escobazos. Ellos vuelan, trepan, corren, a veces todo al mismo tiempo, pero yo también tengo mis armas. 
Me acuerdo de pronto de otras vacaciones, en Brasil, las primeras vacaciones “pudientes” de nuestra familia, y quizás las últimas (fueron en el 90, después todo se derrumbó). Había estado horrorizada al principio con la abundancia y variedad de insectos. Vivíamos en la Patagonia, y no vemos muchos por ahí, por lo visto el frío no les cae en gracia. Pero estos eran miles, y hasta de colores. Aunque a cierta altura de nuestra estadía, yo había aprendido a ignorarlos. Recuerdo estar recostada en un sillón y que una cosa enorme, llena de apéndices de colores, se estrelle a mis espaldas sin que yo me inmute. Supongo que es fácil lograr eso si tus intereses son los aros flúo y los chicos lindos que se alojan en la pousada.
Vuelvo a la cama y cierro los ojos, pero no logro volver a dormirme. Agarro el celular para mirar la hora: cinco y siete. Cuántas vueltas, con el cuerpo y la cabeza, en solo siete minutos. 
Ahí es cuando la veo, desde donde estoy. Camuflada en la guía de la puerta ventana, a centímetros de entrar al cuarto: una araña redonda y gorda. Muy grande, más de lo que estoy dispuesta a soportar. Se me tensa el cuerpo entero y me levanto. Trato de atraparla haciendo correr la ventana, pero nada. Se flexiona y reaparece, intacta. Le suelto la lluvia fina del Off y tampoco, hasta parece que le gusta, y sigue caminando hacia la abertura. Se necesitan medidas extremas: le doy una media docena de golpes con el borde del escobillón, hasta que queda hecha un bollito y no vuelve a moverse (y obvio, en ese punto, me da pena). El cuarto a salvo, vuelvo a la cama. Será que ahora no me interesan los aros flúo, y los chicos lindos alojados en el hotel, menos.
Cinco y nueve, dice la pantallita del celular. La batalla contra la araña se llevó nada más que dos minutos. Cierro los ojos. Quiero volver a dormirme para viajar de golpe a algún punto a mitad de la mañana. Un espacio distinto, de sonidos diurnos, en que la luz está instalada y los insectos no son más que un recuerdo borroso de la noche que fue.

31 de marzo de 2015

La continuidad del viento


¿Lo oyen? Sopla, no para. ¿Tortura? ¿Alimenta? No sabemos, pero cuidado. Ya viene. #lacontinuidaddelviento

25 de enero de 2014

Tan líquido



¿Qué es el agua para nosotros? ¿Qué lazos no palpables nos llevan a buscarla? Es de noche y bordeamos el río, caminamos hacia el Puente de la Libertad con la promesa de ver mejor desde ahí otro de los puentes, el de las Cadenas, el más antiguo de Budapest. Antes de que existieran los puentes, durante el invierno, el Danubio congelado podía cruzarse a pie. Durante el deshielo, sin embargo, la conexión entre las dos orillas desaparecía. Hace más de ciento cincuenta años, la ofuscación de Esteban Szécheny, un aristócrata que quedó atrapado del lado equivocado y no pudo asistir al entierro de su padre, fue la piedra fundamental de ese puente soberbio que ahora es emblema de la ciudad. Si asumimos ese juego extraño de mirar el pasado, resulta comprensible: la naturaleza imponía barreras infranqueables. Estos puentes, incluso los antiguos, se tiñen ahora de luz blanca y eléctrica, son vías rápidas para los autos y buses que los remarcan. Como si siempre hubieran estado ahí.

El Danubio deja su marca sobre Budapest y la divide. Los habitantes, los de hoy, aceptan esa hendidura líquida, se acoplan a ella con una mezcla de arrogancia y sumisión. Buda, o Pest. Caminamos al lado de vías vacías, pasamos por la puerta de un restaurante cerrado. Nos abrimos paso entre árboles, sombras y mesas sucias. Tenemos que apartarnos de la orilla y dar un gran rodeo. Un caos de cintas rojas y cemento fresco nos recuerda que todo, siempre, está en reconstrucción. Los autos pasan silbando al lado de nuestro sendero inventado; una bocina de advertencia encauza un paso errado. Llegamos casi al centro del puente y solo entonces levantamos la mirada. Las luces a nuestro alrededor dibujan los perfiles del Parlamento, el Bastión de los Pescadores, el Puente de las Cadenas. Estamos en medio de un escenario luminoso y los minutos se van en la contemplación laxa de ese espacio abierto.


No es usual advertir fisuras en el tiempo. Tener la certeza de que un instante no es igual a cualquier otro. Sin embargo, algunas veces pasa. A la una en punto, sin previo aviso, las luces se apagan. Desaparecen el Parlamento, las cadenas de Scecheny. Hasta el puente en que estamos paradas se evapora, quedamos suspendidas sobre el río, en el cemento gris. Solo las luces comunes de la ciudad resisten. Calles y avenidas prosiguen su discurrir torpe de madrugada de martes, aunque ya sin su silueta de postal. 

La protesta es inútil, y bajamos la mirada para tomar contacto, sin mucha convicción, con los objetos menos distantes. Los autos que siguen pasando. La vereda oscura. Cuatro o cinco candados prendidos a la balaustrada. Oxidados, olvidados. Tratamos de adivinar en cada uno el secreto guardado, imaginamos la mano temblorosa que los cerró, que tiró la llave al río tal vez para impedir algún destino. Nos preguntamos, en silencio, qué clase de deseo necesita ser enterrado. Qué clase de secretos esconden el agua, el fondo oscuro, sus mil llaves ahogadas. Y más allá de los candados, como si de verdad lo viéramos ahora, el río. El Danubio se despoja de sus sedas vaporosas y su música. Se vuelve terrenal, un río tan líquido y tangible como cualquier otro. Ya no hay postal que mirar alrededor, por eso nos asomamos y miramos hacia abajo.


Nos damos cuenta de pronto (la verdad siempre es más simple de lo que creemos). Paradas en la semioscuridad y con los ojos en el agua, lo entendemos sin esfuerzo. No importa lo que pase arriba, en la ciudad. No importa qué mano digite el cambio de la luz o el trayecto de un sonido: el río no se detiene nunca. Ese es su secreto. A ese pacto de perpetuidad nos aferramos.

Abajo el agua corre, ligera. Olas diminutas y marrones que se escapan, sin parar.


26 de diciembre de 2013

La misma materia




¿Qué hace que una ciudad sea esa ciudad, y no otra? Budapest exhibe una mañana húmeda, amarilla, de bostezos contenidos y veredas amplias que bordean un parque rumbo al metro. Casi nada la delata, casi nada la diferencia de cualquier mañana en cualquier parte. Podríamos reprocharle a esa eme y su pequeña flecha hacia abajo que no sea idéntica a otras emes que señalan la entrada al metro, pero hacemos de cuenta que no notamos nada y bajamos las escaleras de Nagyvárad tér. Fingimos ignorar que la materia de que estamos hechos, los mismos elementos de siempre, se reordenan esta vez para formar una figura diferente.
Con el sueño en la cara, todavía, asomamos a ese mundo sutilmente demudado. Una vez que nos entendemos con la máquina expendedora de boletos, la mañana tiene gusto a café en vasos de papel y croissants rellenos de chocolate. Nuestras miradas perdidas estudian los objetos circundantes.
Las imágenes, primero en el andén y después en el interior de un vagón, emulan con eficacia la ambigüedad de la superficie: podrían ser con facilidad escenas del subte en Buenos Aires. No hay nada en los cuerpos de las personas inclinadas sobre los celulares que indique que al abrir la boca soltarán ese torrente entre tosco y suave que por momentos, aunque todos los lingüistas del mundo nos contradigan, nos suena a francés. Chicos y chicas en zapatillas, mujeres arregladas, hombres elegantes. Si hay indicios, son sutiles. Una nariz demasiado respingada, un par de ojos demasiado claros. La forma puntiaguda de un zapato o la velocidad excesiva de las escaleras mecánicas, que por alguna extraña razón se desplazan en Budapest con el desenfreno de un carroussel defectuoso.
Sumergidas, bajo tierra, sin dejar de mirar alrededor, nos trenzamos dentro de ese gusano que recorre el túnel y se va llenando de pasajeros con abrigos. Avanzamos una, dos, tres estaciones (las miradas nos rozan apenas). Ahora cuatro. Hasta que en una curva —en un sacudón del vagón que hace parpadear las luces—, como si las leyes de la física trastabillaran, algo cambia. Un hombre cree intuir, desde el letargo de la mañana lenta, que el ritmo que los toca a todos ellos nos esquiva a nosotras con poco disimulo. Los ojos caen sobre el cuaderno bajo el brazo primero, sobre la cámara de fotos después. Esos ojos somnolientos son el núcleo plano de un efecto expansivo que arrasa: entonces, las miradas se multiplican. Los ojos ya despiertos examinan con sagacidad nuestras botas, los colores de nuestros abrigos, las costuras de los pantalones. Cualquier cosa nos puede delatar. Un gesto en la boca, un logo colorido en la ropa. Todo nos delata. El vagón vuelve a temblar y se mete chirriando en la estación.
La llegada los distrae, las costumbres los absorben. Sueltan a sus presas como lobos asustados por un ruido. Entonces saltamos del vagón, nos lanzamos a las escaleras mecánicas y a su velocidad malsana, que esta vez agradecemos. Un hall grande, un pasillo, más escaleras, hojas secas en el suelo y la luz blanca de la calle.
Nos volvemos a mezclar, a salvo entre la gente. Acoplamos nuestros pasos a los del resto, somos uno más de esos seres que se pierden entre las fachadas renacentistas de Andrássy utca. Estamos hechas, después de todo, de la misma materia.


22 de diciembre de 2013

Traian Romanescu y la náusea

Una tarde de enero de 2003 cruzamos a pie a Bolivia desde La Quiaca por un camino atestado de tejidos a mano, vasijas de barro y hojas de coca. Llegamos a Villazón y, muertos de calor, deambulamos por una plaza. Nos detuvimos al azar frente a un puesto con una mesa llena de chucherías de plástico y unas soguitas que exhibían pañuelos de varios tamaños, colores y estampados. Vi el primer pañuelo negro, lleno de esos dibujos que de lejos parecían crucecitas, ondeando casual debajo del sol arrasador. Después vi que no era uno, sino que eran un montón. Las crucecitas —las esvásticas— los invadían como si fueran flores o mariposas, con la misma alegría fortuita de cualquier tela estampada. Pero eran esvásticas.

En ese momento temblé. Me acuerdo bien de la sensación. Un temblor interno, violento. La certeza absoluta de que la voz no va a volver a sonar con firmeza, de que los siguientes pasos van a ser débiles. Cuando unos segundos después me repuse de la sorpresa, sin haberme sacado de encima la sensación del estallido interior, atiné a preguntarle al del puesto si sabía lo que significaba ese símbolo. También me acuerdo bien de la cara del tipo cuando me contestó que sí, que sabía, pero que la gente le compraba los pañuelos, y él tenía que vender.

La segunda vez que experimenté esa sensación fue en una librería de usados en la avenida Corrientes. Para ser exactos, Corrientes pasando Rodríguez Peña, mano derecha si uno mira hacia el Obelisco. Al menos ahí estaba cuando hace unos cinco o seis años me encontré de pronto, mientras hojeaba libros, con un ejemplar de Mi lucha entre las manos. El temblor había empezado unos segundos antes, una náusea lenta y oscilante que se me trepaba por la garganta al mirar la tapa de un libro que se llamaba La otra campana y ofrecía, con esa metáfora transitada hasta el hastío, “la otra versión” de la dictadura militar. Por supuesto que la náusea se hizo temblor, enrojecimiento, vértigo, cuando agarré el otro libro, más negro y más pesado que el librito de las campanas. También esa vez me alcanzó el espíritu, no sé por qué, para ser capaz de hablar. Hasta me dio el cuero para la ironía. Levanté la vista hacia el vendedor más cercano y con el libro en la mano le pregunté si esa era la sección de fascismo. El pobre pibe se rió sin entender. Por suerte.

Y la siguiente vez, la tercera, fue hoy. Hace exactamente cuarenta y cinco minutos. Es que tuve la mala idea de buscar apellidos para un cuento y di, qué suerte la mía, con un post que transcribe el fragmento de un libro editado en México en 1961: La gran conspiración judía, de Traian Romanescu. La página se llama “Stormfront” y ostenta en su extremo izquierdo (ay, qué descuido) un símbolo blanco y negro (otro descuido) que reza “white pride world wide”, lo que vendría a significar algo así como “orgullo blanco en todo el mundo”. El texto describe, en resumidas cuentas, las numerosas estratagemas de las que se vale “el judío conspirador” para disimular su apellido y, por ende, su origen.

Cuando quise indagar sobre el libro y el autor, caí primero en una falsa biografía que encontré plagada de referencias curiosamente vinculadas con datos de mi propia vida. Según este extraño ejercicio de ficción, no solo Romanescu había vivido en España (mis abuelos eran españoles y en alguna parte tengo guardado un librito de color bordó que me permite hacer colas más cortas en los aeropuertos), no solo había huido a la Argentina (no necesito explicar mi vinculación con eso), sino que el muy desgraciado se había muerto en su casa de Chubut (provincia en la que viví algunos años). Con esto quedaba demostrado una vez más que el destino y esos guiños perversos que solemos llamar casualidades se toman el atrevimiento de seguirnos, rozarnos, abofetearnos. Pero como decía, lo comprobé después, la biografía era falsa, y nuestros destinos —el de Romanescu y el mío— volvieron a quedar tranquilizadoramente distantes.

Del sondeo posterior, llegué a dibujarme una historia que más o menos tiene estos elementos, en el orden en que ustedes quieran o puedan decodificarlos: sociedades secretas de la ultraderecha mexicana, supuestos revisionistas, falsa biografía, negacionismo, Universidad de Guadalajara, seudónimo, Carlos Cuesta Gallardo, nacionalsocialismo, gran-conspiración-judía-masónica-comunista.

Los detalles no importan. El valor de verdad o mentira de cada elemento lo comprobaré más tarde. Tampoco es lo peor el texto, que ya lleva sobre la faz de la tierra sus buenos cuarenta y dos años, ni es lo más preocupante la firma falsa, el camelo urdido seguramente por ultrafascistas deseosos de abonar con palabras de académicos truchos la tierra pantanosa del neonazismo. No, señores. Lo más triste, lo más peligroso, es la chorrera de comentarios al pie. Comentarios de estos años, de hoy, de ahora. Porque al pie de la nota los muchachos —hoy, ahora— se congracian con el autor, suman su propia sapiencia y anécdotas, aportan datos útiles para reconocer el fenotipo sefardí, se compadecen entre ellos (vamos, quién no ha sufrido alguna vez en carne propia el sadismo de quien trata de ocultar su apellido judío), y finalmente reclaman, a viva voz y hermanados en tamaña carencia, la versión en pdf del libro de Romanescu.

En ese punto, decido irme a dormir. De entre todas las sensaciones dolorosas que pasaron por mi cuerpo —y pasaron unas cuantas— esta es una de las más punzantes y extrañas. Hago el esfuerzo y me trago la náusea, el temblor. Los pañuelos negros, los libros sobre luchas personales y sobre campanas. El mundo que me da vueltas y amenaza con desaparecer, volverse un hervidero de hormigas recién aplastadas por un zapato sucio.

Y pido —rezar no me corresponde, así que solo pido— que mañana me dé el ánimo para buscar la forma de denunciar la página. Me duermo pensando en eso y en qué más se puede hacer que no sea temblar como una estúpida y decir ironías que nadie capta. Porque de todo lo que puede hacerse, intuyo, este escrito no es más que un intento falaz y diminuto.




22 de noviembre de 2013

Antología de cuento argentino, y un chin chin

En el menú en forma de nube que pueden ver a su derecha figura (yo hice figurar) el ítem “Noticias”. Se supone que tengo que poner ahí las noticias relacionadas con este blog y mi lenta y errática incursión en las letras. Creo que este acontecimiento cuadra a la perfección, porque en este mismo momento está saliendo de imprenta la Antología de cuento argentino editada por El Ateneo en conmemoración de sus cien años. Cuenta, entre sus relatos, con uno de mi autoría.
No puedo decir mucho más, excepto que todavía estoy tratando de superar el impacto que me produce el hecho casi surrealista de ver figurar mi nombre en el mismo párrafo que los de Borges o Cortázar —por no mencionar que comparto renglón con Fogwil y Lugones— entre muchos otros  increíbles escritores argentinos de todos los tiempos. Les dejo la tapa y, en el nombre del libro, el enlace al catálogo de la editorial. Y un chin chin estrepitoso, si me permiten.

1 de noviembre de 2013

Cíclope

© Eugenia Martinez fotografías

Hoy llueve, y todo lo vemos desde abajo de nuestros paraguas. Fondo violeta con lunares blancos, mariposas de colores: un marco anacrónico y permanente para una ciudad que hoy se presenta gris. Es nuestro primer paseo, y sin saber hacia dónde vamos seguimos el trazado de una avenida angosta. A pesar de los paraguas, corremos para protegernos de la lluvia —de un pórtico a una recova, de un toldo a una cornisa—. Cuando la vemos, aunque al principio no sabemos qué es, intuimos que capturarla es ineludible. Nos paramos frente a ella y eso hacemos. Escribimos, sacamos fotos, la fijamos por la fuerza en la memoria. 
La Torre de la Pólvora es prácticamente negra, resalta contra la luminosidad descarada de la Casa Municipal, pintada de amarillo, que parece sostenerla desde un costado. Alguna vez fue una de las trece puertas de la ciudad amurallada. Hoy, como un cíclope ocioso, abre las piernas para que los autos pasen. De la fachada cuelgan seis ángeles, o al menos eso es lo que parecen. ¿Qué otra cosa tendría alas? Alas de oro, absurdas y pesadas, que no los dejan volar.
Tampoco nosotras volamos. Decidimos que tenemos que pasar por debajo de la torre y avanzamos por la vereda angosta. Hacemos a un lado nuestros paraguas (no parece lógico seguir sosteniéndolos sobre nuestras cabezas si ahí dentro no llueve). Por un momento la atmósfera cambia: dentro de la arcada de piedra, olor a humo de los caños de escape, aire caliente, algún turista que se arrincona contra la pared para dejarnos pasar. Al final de ese túnel breve se prolongan la lluvia y la calle.
Seguimos caminando, mojándonos las botas y el pelo debajo de los lunares blancos y las mariposas de colores, buscando la siguiente meta.

17 de octubre de 2013

Klubovna


Las luces cambian todo el tiempo: verde, celeste, violeta, rojo. Detrás del dj, sobre una pantalla de tela que ondula por momentos, se proyecta una película sin sonido, los perfiles de los actores se recortan a contrarritmo. En la pista, hombres y mujeres bailan solos, aun cuando se toman las manos. La música enceguece, enciende un gesto histérico y colectivo de cigarrillos aspirados con apuro, risas, humo.

Estamos en Klubovna 2.patro, en el número 37 de la calle Dlouhá, Praga. Las coordenadas son importantes, aunque no sepamos bien por qué. Tuvimos que franquear primero una arcada de piedra, después un patio seco. El semblante inalterable de un custodio y una puerta pesada. Escalones de mármol sucio que rodean el ascensor enjaulado y arriba el ruido, enmascarado por otra puerta pesada. One of the bests clubs in town, diría más tarde una checa de veintitantos, a los gritos en el baño. Por encima de su cabeza, pintada cerca del techo, asoma la cara del Che Guevara. Not commercial, not for tourists, presumía con una satisfacción difícil de camuflar. Nos pusieron un sello rojo en las muñecas, justo donde las venas se traslucen, y entramos.


En el salón blanco de unos veinte metros por diez casi todos bailan, hasta las personas sentadas en los sillones agrupados y las mesas bajas del fondo. Bailan incrustados en sus asientos, empujan algún vaso desde el borde de la mesa, conversan entre ellos. De vez en cuando uno deja el grupo, se abre paso hacia la barra para buscar bebida. La barra escapa al rectángulo perfecto del salón como un apéndice infiel, con un ritmo propio y diferente. Conversaciones animadas, luz más blanca, la mirada imperante de los que esperan tragos con billetes de cien coronas arrugados en la mano.

En el salón los colores son otros. Hay menos luz, pero alcanzan a verse las paredes blancas salpicadas por cuadros con escenas de cómics. Dos bibliotecas colgadas bien alto y llenas de libros –en inglés y en checo–. El techo, entre molduras blancas y rosetones, esconde un fondo azul de renacuajos que se retuercen y entrecruzan. En el centro hay una araña de vidrios también azules y dos o tres bolas de espejos que llenan el espacio de luces diminutas, una invasión calmada de insectos voladores. Tres o cuatro ventanas tapadas por cortinas dan a la calle. Detrás de las cortinas, un piso más abajo, Praga duerme un poco.


Son más de las doce. No hay sueño en las mujeres rubias –botas altas, vestidos negros y cortos– que bailan en el escenario, cerca del dj, y por minutos cristalizan con su silueta una estampa ofrendada al salón lleno de humo. Tampoco hay sueño en el compañero que espera su turno para poner música y nos autoriza a subir y sacar fotos. Welcome photographer, invita. Detrás de nuestras figuras, las de los djs, las de las chicas de negro, en la pantalla de tela, la película continúa. Sigue su propia cadencia, se desarticula contra cada nota de la música como si aceptara que desintegrarse es el castigo por negarlas. Un hombre de gorra y anteojos negros, desde abajo del escenario, se inclina en trance, las manos despiertas, el cuerpo agitado en pequeños saltos, los ojos bien cerrados. Dos mujeres de tacos muy altos bailan enfrentadas, se acarician, juntan los cuerpos. El ritmo se acelera. Silbidos: un hilo invisible que de pronto todos advierten más delgado los programa para gritar. Accidentalmente, la película alcanza el ritmo que antes ignoraba, y es como si ella también gritara. La silueta de un actor y la del dj quedan ahora igualadas, sombra una de otra. Una sincronía que desata una verdad: el tiempo, en realidad, no importa.


A las dos de la mañana el club ya no es el mismo. Faltan horas para el cierre, pero los gritos y los cuerpos empiezan a espaciarse. Frente a la barra, cerca de la entrada, botellas y vasos vacíos cubren cada superficie que la luz blanca logra alcanzar. Hay quienes miran hacia la pista y absorben los movimientos de los que todavía bailan. Otros ya sostienen sus abrigos, se mueven cerca de la puerta como en una frontera confusa que los separa del salón y los arroja a la escalera.

Bajamos. Otra vez la puerta, el custodio con la misma cara de hace horas. El patio, el arco de piedra, la calle. Praga duerme, un poco más que antes.

14 de octubre de 2013

Hipnóticas






© Eugenia Martinez fotografías





















 
Hipnotizadas, hipnóticas. Muñecas que mutan de una rigidez a otra. ¿Qué emociones intentan suplantar las seis mujeres doradas? ¿Deseo, dolor, entrega? Hipnóticas, como la música interrumpida de cuando en cuando por el rumor de un tranvía. ¿Víctimas o tiranas? Es difícil adivinarlo a través de los vestidos armados con miriñaque, los cuellos rígidos, los antifaces, un abanico, un guante dorado. La pasarela, encadenada a una plataforma, es de bronce como ellas. El agua del Vltava la sostiene. El puente de Carlos es una escenografía distante, los transeúntes de la rivera una audiencia involuntaria. Ellas siguen distorsionándose en una nueva figura cada vez, muñecas de una caja de música oxidada que gira con esfuerzo, por instantes deteniéndose.
Después de unos minutos la música termina. Ellas caminan en fila lentamente, otra vez humanas. Se quitan los vestidos, se escurren fuera de ellos envueltas en calzas y poleras marrones, ajustadas al cuerpo. Los vestidos, endurecidos por los miriñaques, armaduras sin mujeres, quedan parados sobre la plataforma, vacíos. Alguien los cubre con una lona azul.

13 de octubre de 2013

Trayectos borrados

© Eugenia Martinez fotografías


Bordeamos el río. A nuestra derecha, el agua del Vltaba hace ruido, un murmullo que suena a mar. Espejos que se entrecruzan en desniveles extraños, una represa. Los catamaranes que avanzan mansamente, derraman sus luces borrosas en el reflejo del agua. Una tarima de grandes troncos cubierta de gaviotas que gritan con vigor histérico. El castillo en el fondo. La fuerza está ahí: la mirada obligada que se opone a los trayectos anónimos.
Del lado izquierdo, simplemente, el camino. No hay monumentos, no hay estatuas ni relojes. Solamente trayectos insignificantes. Caminos de hojas caídas, ahogadas en la lluvia. Un sendero empedrado que baja, salpicado de faroles a duras penas encendidos. Un jardín de setos, tilos entre sombras. Trayectos que serán borrados, que dejarán solo una huella parcial, una sensación confusa y guardada, la retención poco eficaz de una foto que algún día no podremos identificar.

11 de octubre de 2013

Dormidos


Luz tenue, el sonido constante de las turbinas. Hay una especie de desesperación silenciosa en cada cara arrimada a un respaldo, cada pierna retorcida, cada cuello quebrado en un ángulo imposible. 
Necesitamos estar dormidos, y no deja de ser un poco triste.

10 de octubre de 2013

Modo avión


© Eugenia Martinez fotografías

Elimino alarmas. Seis y media, levantarse. Siete, apagar la tele. Sin alarmas. El tiempo continuo. Ni interrupciones apremiantes, ni sonidos que laceran los oídos y recuerdan que hay que estar de pie, a tiempo. Eliminar, apagar, desactivar. También nosotros impondremos sobre nuestros cuerpos la inconexión forzada, la instauración de un régimen absurdo de luz en la oscuridad, de oscuridad en luz.
¿Qué importa qué hora es si no hay un dónde, después de todo?

Frío en Praga

https://www.facebook.com/eugeniamartinezfotografias?fref=ts


El frío es un factor interesante, una suerte de enemigo predeterminado para el que nos estuvimos preparando con cuidado. Un pullover, dos poleras, campera, botas, guantes, gorro. La lista completa de nuestra futura armadura.

Hace frío en invierno, pero también en otoño, en algunas noches de primavera y extrañamente en alguna noche de verano. Hace frío en las esquinas con viento, en la cima de las montañas, en las oficinas de las empresas pudientes, en la oscuridad de los bosques y cerca de las heladeras en los supermercados. Hace frío en los cines, en los aeropuertos, en los shoppings y en cualquiera de esos lugares que a lo largo del mundo, no importa dónde, se replican a sí mismos como miembros de un ejército desperdigado pero invencible. Y por supuesto, hace frío en los aviones.

Miro desde la ventanilla del taxi los casi 24 grados de Buenos Aires y me acomodo el polar contra el cuerpo (me da una pereza enorme sacármelo y llevarlo doblado bajo el brazo). Es que va a hacer frío en Praga.


Constelaciones de un viaje















¿Qué es una constelación? Un grupo de objetos en apariencia dispares, pero unidos por trazos no visibles. Una silueta que aun fragmentada no pierde su forma. Imágenes, palabras y el hilo firme en que se enlazan para reunir tres ciudades –Praga, Budapest y Zagreb– en una sola figura.

19 de septiembre de 2013

Ático



* 1999.


Era una noche bastante fría aunque recién estábamos en abril. Llegué a casa y subí las escaleras del edificio envuelta en el azul pálido de las luces de emergencia. Comprobé al entrar al departamento lo que había querido negar mientras subía: tampoco en casa había luz. Bajé a comprar velas y volví a trepar los tres largos pisos de escalones gastados.

Encendí tres velas y las puse sobre la mesa, tal vez solo para recuperar las referencias espaciales básicas en medio de esa negrura. Bajo su luz amarilla y álgida me recosté a pensar, ya que no podía hacer otra cosa.

Entonces sentí los pasos en la escalera. Primero entusiastas, después más tranquilos y finalmente exhaustos: la secuencia previsible que repetíamos todos para llegar a ese refugio con alma de ático. Esperé a que golpearan para ir hasta la puerta. Como en un rito exánime pero necesario, aunque había reconocido los pasos y las voces veladas, pregunté quién era antes de abrir. Papá y mamá entraron, todavía sin aliento, saludándome y hurgando en cada rincón de lo poco que se veía del departamento. Nos sentamos a la mesa y serví café.

Tuvimos una de esas conversaciones largas en que nos enfrascábamos, siempre café mediante, cuando yo volvía a casa después de varios meses en Buenos Aires. Después de tanto tiempo sin vernos ese primer encuentro era reconfortante. Desandábamos silencio y distancia, volvíamos a enlazar los hechos como si reordenáramos las figuras de un tapiz. Yo me sentía grande, ellos se daban cuenta.

Nunca supe cuánto tiempo transcurrió. El departamento oscuro, las tres velas encendidas y el olor del café, portador de las huellas de un tiempo distinto, mejor. Extraño y posible al mismo tiempo.

Se fueron como llegaron, envueltos en sonidos conocidos. Todavía hablaban y se reían un poco cuando desaparecieron en la oscuridad de la escalera, hacia la calle.

Volví a recostarme en la cama y cerré los ojos. Pensé en cuánto los extrañaba todavía.

28 de julio de 2013

Leer contra viento, marea y caca de perro

Ya nos lo han dicho hasta el cansancio: las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo. Cuando llevaba pocos meses en esta ciudad salimos una tarde a caminar por Congreso con mi amiga Diana. Mientras admirábamos cúpulas y frentes de edificios antiguos, dije ¡Qué lindo es Buenos Aires cuando mirás para arriba! ¿Por qué no lo hacemos más seguido? Diana, menos dada que yo al romanticismo bobo y con la contundencia que la caracteriza, me dio la respuesta justa: “Es que si mirás para arriba, pisás caca de perro”. Y tenía razón.

Convengamos, entonces, que no es simple caminar por esta ciudad y sus alrededores, incluso con los ojos bien abiertos: baldosas flojas o simplemente rotas, basura, bordes salientes, agujeros y por supuesto, los ya mentados regalitos caninos.

Pero la idea no es dedicar estos párrafos a esos obsequios, generosa y estratégicamente —todos lo hemos comprobado alguna vez— distribuidos por las veredas. No lo merecen. Mucho más interesante es hablar de los transeúntes que oscilan esquivándolos, y entre ellos, de los que lo hacen leyendo un libro.

Creía que era una de las pocas personas capaces de leer caminando, pero ocurre que en estas semanas me crucé al menos a media docena de especímenes capaces de lo mismo, lo que de alguna manera renueva mi fe en la humanidad. Yo estoy bastante orgullosa de mi técnica, pero lo que vi, honestamente, era para quitarse el sombrero. Personas de edades dispares cruzando en diagonal calles empedradas o doblando esquinas en ochava como si llevaran rollers, todo sin sacar los ojos del papel. Y me sorprende, porque al menos en mi caso las ocasiones para el entrenamiento son pocas. Lo tengo que decir, muy pocas. Concretamente, una o ambas de estas situaciones:
a) El libro está a punto de terminar, y no solo me partió la cabeza sino que con el final está a punto de partírmela otra vez.
b) En el libro está a punto de ocurrir algo realmente importante: un asesinato seguido de descuartizamiento, un naufragio, un encuentro amoroso largamente esperado, un desastre natural de proporciones míticas, etc.

En esas circunstancias, entonces, tener que estar yendo hacia equis lugar (porque la vida de uno tiene esa curiosa costumbre de discurrir sin pausa) termina siendo secundario a todo. Lo importante está en la historia que se nos cocina entre las manos: en el librito de tapa encerada que todavía ni tuvo tiempo de ponerse viejo, o en ese atado vetusto y polvoriento, rescatado del último estante de una librería de usados en Corrientes, que sostenemos con miedo a que se desarme en plena combinación con la línea A.


La historia sigue, y lo de alrededor no importa casi nada. Pasamos del bondi, colgados de uno de los caños en el fondo, cerca del timbre, al subte. En el subte no solo no nos tocó viajar sentados, sino que formamos parte de un magma indisoluble de pasajeros con los codos pegados al cuerpo. El poco aire que queda se desliza hacia arriba como un aliento tibio y ahí asoma el libro. Estiramos el cuello y seguimos leyendo. Alguno espía el texto furtivamente, de pura envidia. Nos damos cuenta y lo dejamos: es la confirmación de que ese día estamos más allá de todo. Bajamos y la seguimos en el andén, en la escalera mecánica, en el hall de la estación. Y finalmente, en la calle. A los demás les puede parecer un espacio hostil y lleno de peligros. A nosotros no. Basta una mirada de pocos instantes para trazar un mapa mental de los posibles obstáculos. El resto es sortearlos en base a esa imagen guardada, mientras los ojos ya están con otra cosa. Con el descuartizamiento, o con la escena de amor. O con el naufragio. Contra viento y marea. Y contra caca de perro. 

15 de mayo de 2013

En mi sueño, Antígona


¿Quién no soñó alguna vez con cambiarle el final a una historia? Vaya este modesto ensayo onírico en forma de poesía para acercarle algo de alivio a la pobre Antígona. 





En mi sueño, Antígona

En mi sueño, Antígona
no trenzabas tu pelo con los dedos enjutos
no llorabas al alba vislumbrando tu injuria
no amparabas cenizas, no ahuyentabas el viento.

En mi sueño, Antígona
no agitaba tu pecho una ley tan tirana
que te abriera los brazos, que cubriera a los hombres
que acunara el espanto, refugiara locura.

En mi sueño, Antígona
no clavabas las uñas en la piedra sombría
no mirabas el cielo para ver la negrura
no apagabas tus voces en la tierra profunda.
                                                                                
En mi sueño, Antígona,
tenías el pelo azul.
Cortabas tallos largos, descalza.
Cerrabas los párpados al sigilo del aire.
Sembrabas los pies en el suelo, sobre la hierba clara.

En mi sueño, Antígona, sonreías.