"...sitting in his nowhere land, making all his nowhere plans for nobody".
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27 de octubre de 2011

"Los ojos" (la crónica)

Una mesa que espera a los presentadores. Las sillas dispuestas en una ele gruesa a su alrededor (otra ele termina de rodear la mesa pero no son sillas sino libros, estanterías altas llenas de libros). Es el local de la librería y da a la calle, pero hoy ha mutado sutilmente para convertirse en el salón de la presentación.
Huelo perfume, el mío y otros. Los empleados de la librería reciben a los autores y les indican sentarse. Brillan fugazmente los remaches metálicos de un mate que circula detrás del mostrador.
Siento la necesidad de escribir todo. No porque sea un momento memorable (de ser así no necesitaría escribirlo, se conservaría solo, sostenido por su propio peso) sino porque según las convenciones esto debería, supongo, significar algo.
Me siento sumergida entre hombres calvos y mujeres añejas que se han aburrido de sus vidas y se han dedicado a escribir (descripción esta última a la que en rigor, descubro horrorizada, podría responder yo misma). Algunos flashes que brillan. Una mujer de unos sesenta que sonríe con ojos muy celestes, parada junto al que debe ser su hijo. Le clava a la cámara una mirada profunda, estudiada, e intuyo que ella es la autora y no el hombrecito que la secunda. Otra mujer de rasgos enormes, alta como un armario antiguo. Parece un hombre con peluca, pienso, aunque una por una las pelotitas brillantes del collar que tiene al cuello reclaman por su feminidad. Una chica muy maquillada que adelanta los labios como en un beso que nunca llega a concretarse. Una pintura del Bosco. ¡Exacto! Estoy en una pintura del Bosco. Soy un diablillo enroscado sobre algún objeto, lamiéndolo. Y todos sufren.
Dos o tres leen sus obras: palabras mancilladas en las bocas de quienes las pergeñaron, arrojadas al comprensible absurdo de las ondas sinusoidales (pienso en la tranquilizadora existencia de la palabra escrita). Intentan domar mi escepticismo y también yo debo leer. Tomo el micrófono y aparece de pronto una voz cristalina y segura: es la mía. Entonces atino a hacerle un comentario mordaz al presentador: esto es alta traición, por algo elijo escribir. El presentador sonríe, el chiste le gusta. Levanto el libro y ahí está. "Los ojos", el primer cuento en letras de molde. Un cuento imberbe, primerizo y lejano. Este no era el plan, fue casi un accidente. Siempre es lindo publicar algo, aunque más no sea para mostrar a los parientes, me dijo un editor conocido al que consulté preocupada por el futuro de mi alma. Entonces no puedo evitarlo y el germen de algo me asciende por la garganta. (Me acuerdo del Gauna de Bioy Casares que en medio de la borrachera de los carnavales siente “el deseo de fraternizar con todos los presentes, desdeñando las pequeñeces individuales”.) Aplasto aquello puntillosamente y la garganta vuelve a su tamaño habitual. Estuvo cerca.
Aplausos, fin, me voy con el libro bajo el brazo. Contenta, aunque solo sea por convención.

24 de mayo de 2011

Palabras robadas III – "El sueño de los héroes"

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“El sueño de los héroes”
Adolfo Bioy Casares – Año 1954


En Marzo de éste año se cumplieron doce años desde la muerte de Adolfo Bioy Casares, gran escritor argentino cuya obra ha sido tal vez opacada injustamente por la de Jorge Luis Borges, con quien tuviera una gran amistad. Recordemos también que estuvo casado con Silvina Ocampo y que los tres integraron antologías y escribieron colaboraciones para numerosas revistas, entre ellas la mítica revista Sur.

Bioy Casares es autor de una vasta obra en la que se combinan elementos del orden de lo fantástico, la ciencia ficción y el policial. Podemos recordar entre muchos otros  títulos, “La invención de Morel” (1940), “Dormir al sol” (1973) y “La aventura de un fotógrafo en La Plata” (1985).

Pero hoy nos detendremos en una novela que publica en 1954 y que se llama “El sueño de los héroes”. En “El sueño de los héroes” la acción transcurre en los años ´20, más específicamente entre 1927 y 1930. El protagonista es un joven de unos veinte años llamado Emilio Gauna que lleva una vida tranquila en un barrio que ama (el barrio de Saavedra), tiene su trabajo en un taller mecánico y tiene un grupo de amigos con el que sale de tertulia frecuentemente.

Pero Gauna tiene también un problema: en el fondo de su corazón, él tiene el presentimiento de no ser valiente. Tiene la oscura sospecha de ser cobarde. Vale aclarar que aquélla era época de compadritos, de malevaje, de peleas de cuchillo. La figura del coraje era incluso algo exaltado desde la política. Y es esa inseguridad la que lleva a Emilio Gauna a vivir una aventura. Un buen día le pasan una fija y gana en las carreras de caballos. Cobra unos mil pesos, que en aquél momento debía ser una suma considerable, y decide invitar a su grupo de amigos a gastarse todo el dinero en las tres noches de carnaval recorriendo las calles de Buenos Aire de corso en corso y de cabaret en cabaret. Recordemos que los carnavales en aquél tiempo eran fiestas de gran envergadura para la sociedad. Pero al final de aquélla aventura, entre el alcohol y la locura, ocurre algo que Gauna olvida por completo. Aparece durmiendo en la casa de los cuidadores de los lagos de Palermo sin saber cómo llegó hasta ahí. Y eso que ha pasado al final de los carnavales, es un misterio en su memoria, un misterio que lo obsesiona y que lo lleva, tres años más tarde, a intentar repetir la historia, a intentar retomar su destino. Aquí es donde la pluma de Bioy Casares introduce el elemento fantástico. Realmente una muy interesante novela que vale la pena leer o releer.