"...sitting in his nowhere land, making all his nowhere plans for nobody".
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29 de noviembre de 2019

De persistencia y espera


Tu padre
Paula Lastra
Mascardi & Nash - 2015


Hay cosas que se toman su tiempo, que aparecen tarde pero aparecen al fin, con ruido, con descarada y feliz anacronía.
Me hice de “Tu padre” hace varios años, en medio de una feria de libros, una tarde fresca en la que faltó el mate y un puñado de escritores le dimos pelea al viento en una plaza de Vicente López. Compartí stand con Paula Lastra, que igual que yo, daba sus primeros pasos en la escritura. Cada una de nosotras había llevado su primera novela.
Pasaron años de eso y el libro estuvo ahí, esperando a que llegara el momento justo (porque si de algo saben los libros, es de persistencia y espera). Y ese día llegó.
Hay una calle donde empieza todo, números pares e impares, un portón cerrado —“y aún está, vertical, oxidado, desteñido y siempre, pero siempre, cerrado”—. Hay una terraza y una escalera, una casa desde la que se construyen las ausencias, se miran fotos, llegan regalos como trozos de promesas. Hay un barco lejos, y hay un mundo después.
Con paciencia y tenacidad, con profusión de detalles y sin mediar ceremonias —ni temer decir hasta lo que no se puede decir—, la autora recorre su hilo vital: sus peleas, sus amores y desamores, la toxicidad de los otros, los daños corporales, las luchas ideológicas. Mientras lo hace su voz crece, pierde temor, gana terreno y osadía.
Tu padre es una historia, sí, hecha de ausencias. Es la prueba de cuánto marca lo que no está, lo que no alcanza, lo que no llega a tiempo o no llega nunca. Pero es, aun más, la prueba de que sobrevivir y transformarse también son una opción, aun cuando no sea el primer plan que ponemos en práctica.
Tu padre es un camino largo. Sorprenden la lucidez y belleza, muchas veces dolorosa, de los pasajes de esta historia. Queda uno malherido, pero importa poco: es un camino que a medida que hiere, enseña resistencia.

 “Fue un marino en altamar, una muñeca española, una birome de Venecia con un barquito que flotaba de una punta a la otra en un líquido transparente, una Barbie que doblaba los brazos sin que sus articulaciones se vieran, miles de golosinas compradas al pasar en la visita que nunca excedía los diez minutos, una Ford 100 blanca a la que nunca había tiempo de subir y, sobre todas las cosas, una enorme ausencia que dolía por demás”.

4 de marzo de 2013

Adios a los muchachos



Hace un poco más de dos años estaba tirada en el pasto de los bosques de Palermo viendo volar palomas entre las copas de los árboles (e intentando predecir la caída de alguna deposición indeseada) cuando tuve una idea. Le dije a Daniel: “yo tendría que proponerle a la gente de Time Killer hacer una columna sobre libros”. Así nomás. Y como suele pasar, los tentáculos de la idea se fueron retorciendo en mi cabeza hasta volverse lo suficientemente insoportables como para reclamar una merecida metamorfosis: se convirtieron en un prolijo e-mail que fue enviado a Julián Harf y que para mi sorpresa, recibió una respuesta afirmativa.

Poco después de la venia de los muchachos de Time Killer sobrevino el inevitable panic attack. ¿Yo en radio? ¿En medio de qué brote psicótico había pensado en tamaño disparate? ¿Qué clase de rapto místico me hacía creer que podía involucrarme en algo tan alejado de las que hasta ese momento habían sido mis ocupaciones formales? Todo bien con mi bipolaridad de profesional-seria-vs-escritora-en-ciernes, pero… ¿radio? Por suerte tengo un sentido del deber tan atroz como tenaz —resabio, sin duda, de mi condición de hermana mayor—, y una vez que me comprometo con algo la verdad es que no paro, aunque tenga que terminar estrellada contra alguna pared.

La cosa es que no terminé estrellada, ni mucho menos. Siguieron dos años de Palabras robadas, la columna que nació después de un breve período de elucubraciones conjuntas. Dos años de libros recomendados, entrevistas y temas relacionados con la lectura durante los cuales la muchachada me abrió las puertas, confió, se bancó problemas de horarios, metidas de pata y accesos de tos, pero sobre todo, compartió conmigo la pasión por los libros.

Hoy esa etapa se termina y quedan dos cosas. Primero, mi agradecimiento a Radio Simphony y a Julián Harf, Paula Lastra, Gustavo Lombardo y Sebas Louge, excelentes compañeros de travesía que le siguen poniendo el hombro y la pasión a ese medio increíble que es la radio. Segundo, los audios de todas esas columnas que, como me había propuesto en un principio, debí postear a medida que se iban generando y nunca subí (por lo visto mi sentido del deber, cuando quiere, es muy flexible). Durante las próximas semanas y a medida que mis escasísimas habilidades en edición de sonido vayan incrementándose, iré posteando cada una de las columnas. Si las disfrutan, espero sus benevolentes comentarios. Me conformo si no con un piadoso silencio, a lo sumo algún comentario rezongón. Puteadas no, por favor. Soy muy sensible.