Ayer “hice parque”. Es una de las ventajas del PH, la cercanía de Parque Centenario. Logré un rinconcito de pasto amigable, tiré mi lona y regué de papeles el suelo, porque el trabajo me persigue a donde vaya, pero si es con cielo encima, mejor. Cuando llegó el recreíto, miré hacia arriba: siempre tendremos el cielo. Aunque los que están al lado estén fumando, aunque me llegue más ruido del que quisiera, esa postal de copas verdes y cielo azul me reconforta y me da una especie de consuelo que de pronto me doy cuenta que necesito. Es que no me amigo todavía: ni con el PH, ni con el barrio, ni con ese pasillo gris cemento de luz fría que de noche mete miedo. Quiero arreglarlo, yo todo lo quiero arreglar.
El sábado fui a una feria en la quinta
Trabucco. Me bajé del bondi lejos y llegué a pie serpenteando por Rosetti, muy
cerca de nuestra casa de Florida. Entre General Paz y la quinta, la calle cambia
de paisaje varias veces, desde el abandono y la suciedad hasta casas primorosas
enmarcadas por los árboles. Mientras voy caminando llegan de la mano del
espacio esos micro-recuerdos que no son nada, son quizás, simplemente, la
sustancia azarosa que cruzaba mi cabeza un día cualquiera pero de hace diez
años, cuando pasaba exactamente por ahí pero en auto yendo al super, o
volviendo del consultorio. O caminando el día que fui, atada por una curiosidad
morbosa, a ver la casa vandalizada donde había vivido un hombre que mató a
tiros a sus vecinos. Camino y pienso cuál es mi vínculo con el espacio, cuál es
mi vínculo con las cosas. Quiero lo bello, pero también quiero lo auténtico. Y
de pronto lo auténtico implica pactar con la no belleza, con la imperfección.
Incluso, con esos detalles sutiles del deterioro que levantan su dedo y señalan
bien clarito hacia donde el camino se termina. Allá en el fondo está la muerte,
decía Cortázar en sus instrucciones para darle cuerda a un reloj, y cómo lo he
querido por esa frase.
Llegué a la quinta. Circulé como
una más entre varias réplicas de mí misma en una de mis antiguas versiones: mamás
medio hipponas y contentas corriendo atrás de hijos chiquitos con ese discurso
de madre que todavía resalta cada palabra porque el lenguaje es un regalo. Qué
loco es pasearse de pronto por un antiguo pasaje de nuestra vida. Sirve para
preguntarse lo obvio: si algo bueno habré dejado, si algo bueno estaré dejando.
Mientras intento amigarme con ese pasillo, con este pasaje, con esta estación
en que soy otra versión que todavía intento comprender.
Mi amiga, hermosa en su puesto,
rodeada de las cosas hermosas que salen de sus manos, tan parecida a mí en
tantos sentidos, sonrió al verme llegar. Caminé, compré chocolates a unas rusas
encantadoras, especias, más chocolates. El sol bajo todavía iluminaba la
casona. Atrás, un bosque de cañas pequeño, oscuro, profundo. Alguien tocaba la
guitarra y Laura Novoa (sí, Laura Novoa!) leía poesía. Terminé el día con otra
amiga. Brindando por lo hecho, riéndonos de lo que no nos sale, soltando un
conjuro para lo que queda por hacer, todo esto bien cerca del río.
Vaya pacto con la belleza, al fin y al cabo.

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