Un libro más es un libro menos; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto.
Julio Cortázar

28 de abril de 2012

Odios rancios



Paso siempre. El tránsito se detiene justo en ese punto (hay una barrera a una cuadra). Él duerme bajo una lona que arriba insinúa su forma y abajo lo deja escapar un poco, lo ofrece con sigilo. Son segundos largos, apretados, en que nos resignamos a la contemplación forzosa de esa postal extraña. Lo guarece la casa también apagada. Me pregunto si el suyo es un sueño pesado, para siempre, o si está solamente agazapado, aguardando un cambio en la dirección del viento.
Hago conjeturas, siempre, sobre qué retorcidos caminos pueden llevar a alguien a tener un Falcon verde. ¿Ignorancia? ¿Indiferencia? ¿Una herencia desafortunada? El capricho del azar. O un homenaje secreto, un regalo, una casualidad execrable. Quién sabe.
No mira a la calle, pero la calle lo mira a él. Somos muchos sobre esos adoquines oscuros. Estamos llenos de sueño, de tedio. Lo observamos entre bostezos desde nuestros autos cuando se aproxima el tren y la barrera cae como un velo pesado, nos detiene, nos ata a esa misiva que se inyecta en el presente.
Uno de esos días en que la barrera nos anclaba frente al Falcon, vi al dueño de casa barriendo la vereda. La puerta entreabierta, las manos repeliendo hojas secas: la casa viva. Miré al hombre y traté de trazarlo un poco. Cifrar el pelo gris o la espalda encorvada sobre el escobillón. Descubrirlo ajeno o encontrarlo culpable. No pude: era solo un anciano barriendo la vereda. En la vejez, los odios rancios casi no asoman por la piel.
Hoy pasé con sol. Otras veces ha sido bajo la lluvia, o con un cielo gris pesando sobre la nuca. Él duerme, permanece inmutable a nuestra procesión lenta y callada. Y yo, sin mover los labios, pido a alguien, o a algo, que nunca más vuelva a despertarse.

10 de marzo de 2012

El buraco en la lengua

 
Cuando intentamos hablar un idioma que apenas conocemos, nuestro cociente intelectual experimenta un súbito y dramático descenso. Nosotros, que en nuestro idioma materno podemos ser claros, fluidos y verborrágicos hasta lo insoportable, nos convertimos de pronto en seres torpes y balbucientes, sujetos que vacilan con la boca entreabierta y las manos dispuestas a gesticular ampulosa y desesperadamente en triste acción compensatoria.

El lugar: unas sierras calurosas y verdes en el nordeste de Brasil. El momento: el final de un día que podría haber sido placentero pero había sido muy difícil. Las circunstancias: la llegada a un restaurante absolutamente vacío pero que al menos estaba abierto y prometía compensar los desaciertos del día, esa semana y ese lugar mal elegidos porque ya nadie estaba de vacaciones, el contacto con quienes tal vez unos días atrás habían sido cálidos anfitriones pero ahora gruñían con poco disimulo por tener que levantarse a atendernos.

Abordamos la primera de las cinco o seis mesas vacías, la más cercana a la calle, justo en el momento en que la camarera se disponía a salir del restaurante para pasear dos perritos blancos y peludos como malvones. El paseo quedó trunco: la chica volvió sobre sus pasos, ató a los perros a una columna, y se acercó a nuestra mesa con el menú. Como mis hijos querían comprar algo en el kiosco, fui obsequiada con un inusual momento de soledad que usé para ojear el menú y repantigarme un poco en la silla de madera. Tenía puesto un pantalón tipo babucha con motivos búlgaros que en contacto con la silla, sin anticipo ni remedio, hizo crac.

A ver: un siete en la ropa no es gran cosa. Hay cierto consenso entre las personas para considerar que el desgarro en la tela de un pantalón, aun del pantalón más preciado, no representa necesariamente la señal de un cataclismo o una tormenta solar. Pero un viaje accidentado por un camino de cornisa que de pronto nos arranca náuseas, más un siete en la ropa, es un poco más. Un viaje accidentado por un camino de cornisa que de pronto nos arranca náuseas, más el llanto ininterrumpido y agudo de mi hija menor, más un siete en la ropa, avanza unos tramos en la escala de circunstancias irritantes. Y un viaje accidentado por un camino de cornisa que de pronto nos arranca náuseas, más el llanto ininterrumpido y agudo de mi hija menor, más la imposibilidad de encontrar hotel, más los gritos de pelea entre mis dos hijos mayores, más la noche cerniéndose sobre nosotros, más un siete en la ropa, bueno, eso ya es otra cosa. En suma, en lo que iba del día, arrastrábamos una serie de penurias encadenadas, tenazmente adheridas a nuestra suerte. Una larga lista de señales que nos indicaban que había que girar sobre nuestros talones y dejar la pretensión de visitar las sierras para otro momento de la vida. Hechos que en su adición pertinaz, convertían al siete del pantalón en una grieta oscura e infinita donde se condensaban las pestes del universo, un lugar en el que de pronto podía caber la región entera de la Provence francesa o un asentamiento de moluscos bivalvos.

Pero uno insiste: quiere poner el hombro, la osadía y la buena voluntad en torcer el destino. Por eso me pareció oportuno comentárselo a la camarera, recibir tal vez el consuelo del encuentro humano o la descarga que proporciona el poder terapéutico de la palabra.

Como no hablo portugués –exceptuando por un grupo reducido de palabras que por algún motivo se corresponde en un ochenta por ciento a la categoría de los utensilios de cocina–, lo que siguió fue un monólogo penoso y desmembrado, adherezado por mis pensamientos torturados, y que reproduzco a continuación con toda la fidelidad que me permite la memoria.   

–Vosé tein… –¿vosé? ¿estaré diciendo “vos” o “usted”? Porque si es “usted”, no se aplica a esta chica que no debe tener más de dieciocho…

–Vosé tein… –señalo la silla. –Aquí… –¿cómo corno se dirá “clavo”? La chica sonríe, visiblemente desinteresada. Sonríe con la misma cara imperturbable que hubiera puesto al darme el vuelto, o al observar a sus perritos haciendo popó en el árbol de la esquina. Entonces señalo el clavo, pero hay poca luz y la silla es color verde inglés, el clavo se pierde en esa casi negrura, como si el muy maldito fuese invisible.

–Tein aquí, na cadeira… –¿Cómo es posible que “silla” se diga “cadera”? ¿o era “cadeirinha”? No, eso sería “sillita”, o “colita”, qué se yo…

–Tein aquí um clavo… –¿Será “cravo”? Pero no me animo a decirlo. Antes de inventar una palabra prefiero decirla en castellano, insertarla como quien no quiere la cosa y que la chica se las arregle como pueda. Pero la palabra “clavo” no le dice nada, o eso es lo que yo supongo, porque me sigue mirando con su sonrisa inmutable, tan apasionada y empática como una medialuna de manteca.

Decido que tengo que ser más elocuente, que si no puedo construir una maldita frase en portugués al menos cuando la chica vea el siete que tengo en el pantalón va a entender todo, me va a obsequiar un “¡aaah!” de aliviada comprensión. Entonces me paro, giro, me contorsiono, levanto la pierna, señalo con un gesto inequívoco el agujero maldito, y me ilumino en el último instante.

–¡Eu tenio um buraco! –exclamo triunfal. Casi puedo ver su mirada de entendimiento, de comprensión o de compasión. Una disculpa en un portugués lejano pero adivinable, el agradecimiento por señalarle los defectos de su mobiliario y darle la posibilidad invaluable de salvaguardar el trasero de futuros comensales.

Pero nada de eso pasa. La chica sigue parada con un anotador en la mano, sin considerar siquiera la alternativa de esbozar una mueca tenue de rechazo por lo que debe calificar como una turista loca. Sigue sonriendo y pensando en los perritos, o en el hijo del prefeito, o en la cantidad de aceite que le queda en la despensa. Y ahí estamos las dos, paradas y enfrentadas, sin haber podido encontrar un terreno común en las palabras, convertidas en mudas y vacilantes nenas de dos años.

Me dí por vencida. Aunque la sonrisa de la chica no había desaparecido desde nuestra llegada, yo adivinaba su fastidio por el frustrado paseo de los perros. Podía ser idea mía, pero sentía que nos detestaba por venir a perturbar una bien planificada velada que no contemplaba turistas extraviados marchando en contra de las corrientes migratorias. Tal vez el clavo en la silla venía a ajustar las cuentas, a devolverle el orden al universo, y ¿quién era yo para enturbiar su triunfo?

Esa noche hice un bollo con el pantalón y lo puse en el fondo de la valija. Hasta el día de hoy espera un zurcido invisible que probablemente no le llegue nunca, y yo planeo cuidarme de los clavos en las sillas de futuros restaurantes. O, en todo caso, procuraré engancharme la ropa en algún tugurio de San Telmo, donde trataré de hacer el reclamo amablemente pero sabré que tengo, en algún lugar del horizonte, la tranquilizadora alternativa de putear al dueño en perfecto y fluido castellano.

14 de febrero de 2012

La boca rota


Aquí el link de los amigos de la revista literaria "La boca rota" (Matías Berrondo y Danilo Zárate Pacheco), que pronto tendrán la gentileza (o la inconsciencia) de publicar material de mi autoría. Mi agradecimiento a ellos y para ustedes el dato de esta interesantísima publicación:

10 de febrero de 2012

Menos mal que existen las metáforas


El mundo real puede ser mágicamente transformado por una metáfora. Puede transpolarse su belleza a palabras de igual porte o puede, y esto es lo increíble de una metáfora, embellecerse lo que no era precisamente hermoso por el solo hecho de ser trasladado al mundo de la abstracción, al universo del sentido figurado.
Tarde de miércoles (es decir, miércoles por la tarde). Un baño tibio y Lucía que balbucea en el agua, golpea un vasito contra las canillas mientras canta, aguarda el momento en que la recibirán mis brazos y la toalla seca. 
Entonces sucede lo imprevisible: quizás la distensión del momento, quizás la tibieza del agua, la conducen a expresarse del modo más primitivo que conocemos, y los testimonios de eso, nuevos y pequeños invasores marrones que por algún motivo no se condicen con su carita angelical, quedan flotando aquí y allá entre los juguetes.
La tarde muta repentinamente. De la apacibilidad del fin del baño somos arrojados a un estrepitoso caos: sacar a la nena del agua antes de que tenga algún impulso que haya que lamentar, rescatar los juguetes y darles el consabido baño de lavandina, enjuagar la bañera... en fin, borrar las huellas de la catástrofe. Pero después de tres hijos, si algo sobra son reflejos y una rápida capacidad para sobreponerse a los desastres. En menos de treinta segundos, en la bañera solo quedan los intrusos y el agua. Julián se ha acercado a apreciar la obra de su hermana y por unos instantes los tres, asomados al abismo de la bañera vaciándose, somos testigos de esa huída colectiva, de ese baile circular que las pequeñas partículas dan alrededor del desagüe antes de desaparecer.
Entonces Julián, en un repentino arrebato poético, lanza con mirada soñadora:
-Parecen peces, mamá.
Ya lo decía yo: menos mal que existen las metáforas.   

9 de enero de 2012

Aquí no hay nada que importe de verdad (o cómo sobrevivir encontrando algún punto entre la pedantería burguesa y el cosmopolitismo)



A veces, aunque no siempre, la globalización apesta. Y digo a veces porque no puedo negarme del todo a las maravillas de la comunicación global ni renegar de las bondades de la tecnología, o el cosmopolitismo al que siempre he adherido entusiastamente. Pero en honor a esas veces en que la globalización apesta, voy a proponer tres ejemplos que me han rondado en la cabeza durante los últimos años, tres cosas que indefectiblemente nos han ido cercando en nuestro avance riguroso por los caminos de la burguesía: el consumo de artesanías, el de sushi y la práctica de Pilates.
El otro día me reuní con mis compañeras de la facultad. No nos vemos muy seguido, pero mantenemos el contacto y al menos una vez al año nos vemos las caras. Tres amigas poco presentes en lo cotidiano pero fieles en la perpetuidad. Mujeres con las que he masticado noches en vela repitiendo las catorce ramas colaterales de la arteria maxilar interna, finales orales frente a profesores sádicos o discusiones con jefas de cátedra histéricas, todo eso mientras nuestras vidas discurrían plácidamente. La clase de cosas que crea lazos indisolubles entre las personas. La historia es que antes de sumergirnos en la velada que nos permitiría ponernos al día, dimos una vuelta por el barrio chino. Nos maravillamos ante los precios y variedad de los productos (creo que voy a soñar con la cara de Kitty durante un mes) y una vez más me sorprendí de la belleza de un adorno que tengo entre cejas hace tiempo. Parece que se trata de una representación del zodíaco: una ristra de animalillos de tela de colores y algodón que siempre planeo comprar para el dormitorio de mis hijos. Pero ya lo dije, la globalización apesta. Se me cruzan los cables y la información se desorganiza. ¿Acaso no vi una cosa parecida en Bolivia? Entonces, ¿este adorno es chino o boliviano? Casi inmediatamente, acuden viejas rencillas que mi conciencia mantiene con el mundo circundante tales como: “¿Por qué en Praga vendían la  misma flautita pintada de colores que mi hermano me trajo de su viaje por Centroamérica?” Me siento traicionada por mis sentidos y por el mundo. No importa lo bellísima que sea esa canastita tejida a mano que te acabás de comprar: ya nada es real, ya nada importa. De hecho, es imposible saber si la compraste en una perdida calleja angosta del Katmandú antiguo o en el Carrefour de la otra cuadra, que los fines de semana tiene quince por ciento de descuento con tarjeta de débito.
Esto me lleva al segundo ejemplo. Pensemos en el sushi. En lo que a mí respecta, es riquísimo. Lo probé fallidamente dos veces y finalmente la tercera encontró su lugar en mi paladar. Creo que es, lejos, una de mis comidas favoritas. Que él (el sushi), la pizza y el dulce de leche pelean con codos, uñas y algún diente por ocupar un mejor lugar en el podio de mis sabores predilectos. Me encanta, y lo gritaría a los cuatro vientos si no fuera por un pequeño detalle: ser “fana” del sushi me produce una extraña clase de vergüenza. En especial cuando recuerdo una situación que viví hace pocos años.
Estábamos en un restaurante con amigos y al parecer el salmón que nos habían servido no estaba fresco. Creo que yo ni lo noté –mi paladar suele tener la misma sensibilidad que el de un troglodita medicado–, y de notarlo lo hubiera ignorado de buena gana, pero hubo acuerdo generalizado entre el resto de los presentes para formalizar un reclamo. Y la temible acusación –el salmón no está fresco-, la escalofriante verdad que ponía en riesgo los pilares de nuestra civilización, fue cursada con implacable amabilidad: impactó en el chico que atendía nuestra mesa, se transfirió a quien debía ser el encargado del salón y finalmente produjo una leve agitación en el pequeño grupo de camareros del restaurante, arremolinados con sus uniformes negros en torno a la barra. Se produjo un cruce de miradas –ellos, nosotros- y en ese diálogo mudo vislumbré de pronto la verdad de toda aquella situación. Es uno de esos sacudones de conciencia que siempre agradezco, uno de esos momentos en que nos ponemos en perspectiva y nos sentimos absolutamente imbéciles. ¿Qué cuernos le importaría a nuestro camarero, por ejemplo, el estado del salmón? ¿No era increíblemente ridículo que un grupo de dieciséis personas estuviera de pronto ocupado en seguir las peripecias físico-químicas de microscópicos trozos de pescado crudo? Seguramente el camarero no vería una orden de sashimis en aquel plato, sino más bien veinticinco boletos de colectivo o una caja de doce Faber Castell. Cosas reales, cosas importantes de verdad. Supongo que si el mundo no fuera un lugar hecho de grandes dosis de sentido común, lógica y corrección política, lo natural hubiera sido que todos (ellos y nosotros) nos fuésemos a tomar un buen café para reírnos de aquel chiste del salmón, de aquella comedia. ¿No sería divertido descubrir un día que toda esta historia no es otra cosa que un elaboradísimo juego de roles? Juguemos a que comer sushi era la quintaesencia de la alcurnia. Nosotros éramos los clientes y vos el mozo, ¿dale?
Mi vergüenza reaparece con persistencia implacable cada vez que veo comensales anónimos henchirse de un orgullo insólito cuando logran pescar con los palitos una pieza con kanikama. Siento deseos de pararme y recordarles que un menú económico de sushi no es mucho más caro que una buena napolitana, y que ahora los localitos de sushi se han multiplicado hasta ser casi tan numerosos como los parripollos de los noventa. Aunque ahora todos podamos ser capaces de escupir con naturalidad palabras como “roll”, “sashimi” y “maki”, no me olvido de que estuve meses para aprender a decir “wasabi” porque siempre me salía “sunami” (cosa que pensándolo bien no era del todo un desacierto). Quítense la pedantería de la cara y solo coman, por favor, que es rico y eso sí que no tiene nada de malo. No cambió nuestro lugar en el mapa, ni siquiera cambió demasiado el mapa. Lo que pasa es que se llenó de chirimbolitos de colores. Ahora tenemos la nueva versión del Estanciero y no nos damos cuenta. Los nuevos billetitos son tan lindos que pensamos que tenemos más plata.
Y eso me lleva al tercer ejemplo, otra de esas cosas que ha llegado a nuestras vidas de la mano de la globalización: la práctica de Pilates. Sostengo que es un método increíble: ha logrado de mí períodos de fidelidad superiores a los dos meses, lo que constituye todo un récord en la historia de mis pobres relaciones con la actividad física. Pero decir “ahora me voy a Pilates” me llena de un pudor difícil de explicar. La imagen de unas levemente sudadas señoras finas en una esquina vidriada en Recoleta hace unos años (primeros centros “Tamara di Tella”) es algo que no logro desterrar por completo de mi memoria. Mi hermana y yo le decimos “Poncio”, en honor, por mera coincidencia fonética, al bíblico señor Pilatos, y como un intento por denigrarlo y frenar nuestro propio temor frente a la avanzada de la devoradora burguesía. Pero como los dichos sobre el problemático Poncio son incomprendidos por la mayoría, en general me siento inclinada a decir que voy a gimnasia (qué Pilates, ni Pilatos, ni Poncio ni nada). Simplemente a gimnasia. Y si la ocasión lo ameritara, si fuera verdaderamente valiente, omitiría la eme y me iría a hacer ginasia con toda tranquilidad. Seguro es también responsabilidad de la globalización (y ya que estamos, del consumismo) que este método de gimnasia que creó el enfermizo Joseph Hubertus Pilates, tal vez para vengarse del asma que lo acosaba, haya llegado a proliferar como si nada en los barrios porteños.
Es que la globalización, sostengo, a veces apesta. Nos acerca pero también nos aleja, nos empasta, nos uniforma. Equipara las manos ancianas de una artesana de Purmamarca con la eficacia despiadada de la producción automatizada. Nos devuelve a todos a la enorme bola de la que provenimos, antes de que a algo o a alguien se le ocurriese separar las aguas. Nos mezcla a todos en una gran ensalada, nos ahoga en aderezo y nos sirve fríos como acompañamiento. Por eso, a veces, apesta.
Afortunadamente, siempre hay cosas dando vueltas que tienen la virtud de centrarnos en lo que importa. Cosas tan simples como el encuentro con los demás (aun sin salmón fresco, ni comida tailandesa, ni zodíacos de tela). Los instantes de luz, la buena conversación. Los chistes internos con mi hermana de una camilla a otra cuando hacemos ginasia, mechados con largas charlas destinadas, una y otra vez, a desenroscar las cosas que siempre tienen la costumbre de retorcerse y querer ahogarlo a uno. Y lo demás, ese marco agobiante que parece tener ganas de ser casi el mismo en Katmandú y en Villa Ballester, tal vez, no sea más que desahuciada utilería.
Mi memoria es mala pero tiene la costumbre de hacerse de porciones de la realidad en apariencia insignificantes: texturas, olores, objetos minúsculos, sensaciones de un segundo. Me las entrega con toda nitidez, años después y sin previo aviso. En una de esas entregas, recordé hace poco el sobre en el que guardábamos la plata en mi viejo consultorio. Claudia y yo nos divertíamos, nos peleábamos, luchábamos por progresar. Aunque parezca mentira, éramos buenas y estábamos empezando a ganar dinero. Y en algún lugar había que ponerlo. Doblamos una hoja que si mal no recuerdo era rosa y armamos el sobre caseramente con generosas dosis de cinta scotch. Antes de disimularlo entre las hojas de una carpeta de archivo, lo bautizamos en el frente con letras de colores. Escribimos: “Aquí no hay nada que importe de verdad”.

P.D. 1: Había pensado llamar a esta nota “Por qué la globalización apesta”, pero me pareció deshonesta la burda apelación al sensacionalismo.
P.D. 2: Al leer esto, una amiga sugirió que lo que apestaba era mi culpa por haberme convertido en una señora que come sushi y hace Pilates. Si la culpa es la lucidez de no perder la perspectiva, espero no superarla nunca. Y aunque "señora", "sushi" y "Pilates" formen parte de mi mundo, creo tener la suerte de no quedar cuajada en esas tres palabras y nada más.
P.D. 3: Quien esté libre de Pilates (o yoga, o tai chi, o sushi, o adornos artesanales, o la wii, o su laptop, o su i-pad) que arroje la primera piedra.

20 de diciembre de 2011

Palabras robadas: "La máscara de Ripley"

"La máscara de Ripley"
Patricia Highsmith - 1970


En 1999 se estrenaba una película que muchos recordarán no solo por la belleza de los escenarios y lo exquisito de su banda sonora sino también por su trama perturbadora. En soberbios veleros sobre aguas aturquesadas y con sus blancos atuendos, Matt Damon, Jude Law y Gwynett Palthrow se trenzaban en una sombría y vertiginosa cronología que no acababa nada bien. “El talento de Mr. Ripley”, novela que Patricia Highsmith escribió en 1955, fue la obra que dio vida a esta película –hubo otra antes, en 1960, protagonizada por Alain Delon. Quince años después, en 1970,  llegó “La máscara de Ripley”.
Siempre tras los engaños y las estafas que le permiten mantener su sofisticado nivel de vida, casado con una mujer hermosa y rica, dedicado con entrega a un profuso hedonismo entre las bellas paredes de una mansión en la campiña francesa, Tom Ripley vive de sus aciertos del pasado y de algunas elaboradas estafas en el presente. La última: ha conseguido hacerle creer al mundo que un pintor de cierto renombre -que se suicidó arrojándose al mar-, en realidad sigue vivo. Tom y sus cómplices, haciendo gala de una creatividad que huele demasiado a un juego con muñecas, han creado alrededor de la figura del pintor una serie de circunstancias convenientemente atractivas: Mr. Derwatt es entonces, en virtud del camelo, un excéntrico que vive recluido y consagrado a su arte en una aldea desconocida en México. Un pintor anónimo, antiguo amigo del verdadero Derwatt, es el encargado de imitar el estilo del desaparecido y producir los cuadros con cuya venta Tom y sus amigos ganan un buen dinero.
Pero todo se complica cuando el comprador de uno de esos cuadros cree descubrir el engaño y empieza a hacer preguntas. Otros (los amigos de Tom, por ejemplo) buscarían deshacerse del problema con más mentiras, huyendo, incluso confesando o renunciando a la estafa, pero Tom Ripley no es de los que escapan. A él no le tiembla el pulso a la hora de borrar de un plumazo aquello que le molesta.
Hasta aquí podríamos estar tentados –casi nadie nos juzgaría por eso– de quedarnos en la superficie, en la llanura fértil de la historia criminal, los devenires del suspenso y los reveses de la suerte. Pero todavía más interesante es internarnos en la psiquis intrincada del personaje principal y en el grupo de notas armoniosas que emiten junto a él los personajes secundarios.
El de Ripley: un vacío oscuro o peor que oscuro, un vacío nunca explicado. Un hombre de espléndido aspecto físico pero de lóbrega naturaleza, desprovisto de sentimientos y a la vez extrañamente pasional. Alguien capaz de cometer asesinatos a sangre fría sin más remordimientos que la preocupación por dónde esconder el cadáver. Una suerte de niño grande que puede apaciguar con los acordes de Mendelssohn una furia que no por silenciosa es menos escalofriante.
El entorno, en extraña consonancia, goza de fluctuar entre una frialdad en franca connivencia y, en el mejor de los casos si hablamos de moral, reacciones candorosas y escandalizadas. Como en un juego de claros y oscuros todos, buenos y villanos, parecen sostener al Sr. Ripley. Como si supieran que es necesario que alguien se encargue de “esas cosas”, que alguien asuma la tarea incómoda de personificar, cual chivo emisario, los deseos y goces secretos de quienes, si pudieran, simplemente tomarían de la vida lo que consideran que les es debido.
Hay un último regalo que nos hace Highsmith –aunque habrá que ver si debemos agradecerle esto a su pluma o simplemente a las bondades del punto de vista narrativo-: la autora nos pone en la piel de Tom Ripley por lo que terminamos, increíble e inevitablemente, tomando partido por él. Suspirando aliviados con sus triunfos, sudando junto a él con cada escollo en el camino.

18 de diciembre de 2011

Las moscas*

* Finalista XVII Concurso Leopoldo Marechal

Un poco por curiosidad, un poco por aburrimiento, –otro poco, quizás, por el inconfesable gusto de verse a sí mismo paseando entre ellos-, decidió entrar. Había pasado cientos de veces por esa esquina en que el cartel blanco con letras negras, todo uno cartel y flecha, señalaba un punto en el final de la calle angosta y viperina que se alejaba de la avenida. Pero justo ese día se juntaban la media hora disponible antes del encuentro en La Quintana; la oportunidad de la esquina, como invitante; la inspiración necesaria para la visita contemplativa y calma.
Avanzó, seguro y sereno, por los cien metros de casitas de barrio, a mitad de los cuales encendió un cigarrillo que fumó despacio. Al final de las casas todas iguales lo esperaban el portón oxidado de acceso, el cerco bajo que no disimulaba. Pasó junto a la caseta del cuidador, un bloque blanco de techo rojo que contrastaba con el gris del resto, y con pasos lánguidos, casi contento, se perdió entre las callecitas como de ciudad de juguete.
Aunque lo había pensado muchas veces, esta vez el paralelo entre el cementerio y la ciudad (la de los vivos, la suya) lo sobresaltó. Se abrió paso por la masa gris y polvorienta y vagó errático entre nombres, fechas, cruces y estrellas. Leyendo, tratando de tejer hipótesis. Cuántos del cincuenta y cinco, y de edades parecidas. Estos serían hermanos, pobres, murieron casi juntos. Aquélla será la madre, que no habrá podido soportarlo. Todas esas fotografías agazapadas, observándolo desde sus marcos plateados y dorados, tan intimidantes, tan fuera de lugar. Porque era como si los muertos lo miraran, sonrientes, ridículamente ajenos a su propia muerte.
Dejó un camino custodiado por grandes bóvedas para internarse entre las tumbas individuales, que se agolpaban frente a los panteones como un pueblo manso que escucha hablar a sus reyes en un acto público. Era sorprendente la gran variedad de gustos y estilos que aun para la muerte podían desplegar las personas. Cómo lo que habían sido en vida terminaba plasmándose sin remedio, objeto de misteriosas reglas de conversión, en los adornos de sus muertes. Observó las lápidas de mármoles lustrosos y lujosísimos y las austeras cruces de madera carcomidas por el tiempo. Las tumbas que asemejaban monstruos imponentes de granito y las que no eran ya más que huellas endebles en la tierra con resquebrajadas flores de plástico. Se paró frente a una placa de bronce abarrotada de mensajes con signos de admiración. Había otras más lacónicas, más desiertas, pero todas ostentaban frases. Frases y más frases, exclamativas, afectuosas, desesperadas. Se preguntó cuántos de los moradores estarían de acuerdo con las inscripciones que flotaban sobre sus cabezas, o mejor, qué dirían los duros mármoles si ellos mismos pudieran redactarlas. Parecían más bien una traición de aquellos vivos que dejaban. Un cobrarse con esas frases el abandono, las lágrimas derramadas, los trámites en la funeraria. Las flores cambiadas cada quince días, después cada mes, después una o dos veces al año.
Miró el suelo y vio que uno de sus cordones se había desatado. Se agachó para atarlo y pasó los dedos sobre el cuero de los zapatos, devolviéndoles el color marrón rojizo que habían perdido bajo la capa de polvo. Una flor de plástico rojo, sin tallo, había rodado hasta el centro del camino como la cabeza de un decapitado. La tomó y buscó a su alrededor alguna tumba que no tuviera flores. Eran muchas. Eligió una y apoyó la flor suavemente, junto al nombre. Le pareció que la mujer regordeta de pelo recogido, desde su foto ovalada, le sonreía en señal de agradecimiento. Se sacudió las manos en el pantalón.
Miró la hora: era mejor ir volviendo. Llegó al extremo del sendero por el que caminaba y rodeó la última tumba para volver sobre sus pasos. Allí ya casi no se leían los nombres. Algunas tumbas no eran más que montículos de tierra que se desdibujaban y no sabía bien dónde pisaba.
Cuando alzó los ojos buscando la caseta del cuidador y su techo rojo que le servían de referencia, vio cuánto se había alejado. Instintivamente apretó el paso. Sintió una congoja inexplicable que le hizo querer estar ya en la seguridad de la avenida, pero el orgullo -¿ante quién?- le impidió ponerse a correr. En cinco minutos que le resultaron penosamente largos, alcanzó la caseta ansiada. Ganó la calle, y el contacto con el pavimento duro le dio el aplomo necesario para recuperar el paso lento y suave con que había llegado. Encendió otro cigarrillo.
Reparó de pronto en la línea verdosa de casas a ambos lados de la calle, y se preguntó cómo sería para sus ocupantes vivir allí. Si al salir cada mañana hacia el trabajo mirarían recelosos sobre su hombro, o si en cambio ignorarían, acostumbrados, el acoso gris y vago al otro lado del cerco.
Ya entreveía el tránsito rápido de la avenida. Le faltarían cincuenta metros, tal vez menos. La calle trazaba una curva, de modo que de a poco iban destapándose los árboles, el cartel flecha, el dibujo raído de la senda peatonal: la esquina en pleno.
Se detuvo en seco. Delante suyo, a la altura de los ojos, flotaba un pequeño enjambre de minúsculas mosquitas que entretejían sus vuelos frenéticos formando lo que a él le pareció un fino, casi invisible trozo de encaje negro. Permaneció inmóvil por algunos segundos, sin saber qué hacer. Luego, con el aguijón de un miedo sutil clavándosele un poco, cerró la boca, apretó los labios y contuvo la respiración hasta haber atravesado el enjambre, que se deshizo en mil diminutos puntos en fuga.
Dobló la esquina y retomó el camino interrumpido, pensando que los chicos ya estarían esperándolo en la mesa, al costado de la barra. O tal vez en la de la ventana donde a esa hora, seguro, ya no pega el sol.