A veces, aunque no siempre, la globalización apesta. Y digo a veces porque no puedo negarme del todo a las maravillas de la comunicación global ni renegar de las bondades de la tecnología, o el cosmopolitismo al que siempre he adherido entusiastamente. Pero en honor a esas veces en que la globalización apesta, voy a proponer tres ejemplos que me han rondado en la cabeza durante los últimos años, tres cosas que indefectiblemente nos han ido cercando en nuestro avance riguroso por los caminos de la burguesía: el consumo de artesanías, el de sushi y la práctica de Pilates.
El otro día me reuní con mis compañeras de la facultad. No nos vemos muy seguido, pero mantenemos el contacto y al menos una vez al año nos vemos las caras. Tres amigas poco presentes en lo cotidiano pero fieles en la perpetuidad. Mujeres con las que he masticado noches en vela repitiendo las catorce ramas colaterales de la arteria maxilar interna, finales orales frente a profesores sádicos o discusiones con jefas de cátedra histéricas, todo eso mientras nuestras vidas discurrían plácidamente. La clase de cosas que crea lazos indisolubles entre las personas. La historia es que antes de sumergirnos en la velada que nos permitiría ponernos al día, dimos una vuelta por el barrio chino. Nos maravillamos ante los precios y variedad de los productos (creo que voy a soñar con la cara de Kitty durante un mes) y una vez más me sorprendí de la belleza de un adorno que tengo entre cejas hace tiempo. Parece que se trata de una representación del zodíaco: una ristra de animalillos de tela de colores y algodón que siempre planeo comprar para el dormitorio de mis hijos. Pero ya lo dije, la globalización apesta. Se me cruzan los cables y la información se desorganiza. ¿Acaso no vi una cosa parecida en Bolivia? Entonces, ¿este adorno es chino o boliviano? Casi inmediatamente, acuden viejas rencillas que mi conciencia mantiene con el mundo circundante tales como: “¿Por qué en Praga vendían la misma flautita pintada de colores que mi hermano me trajo de su viaje por Centroamérica?” Me siento traicionada por mis sentidos y por el mundo. No importa lo bellísima que sea esa canastita tejida a mano que te acabás de comprar: ya nada es real, ya nada importa. De hecho, es imposible saber si la compraste en una perdida calleja angosta del Katmandú antiguo o en el Carrefour de la otra cuadra, que los fines de semana tiene quince por ciento de descuento con tarjeta de débito.
Esto me lleva al segundo ejemplo. Pensemos en el sushi. En lo que a mí respecta, es riquísimo. Lo probé fallidamente dos veces y finalmente la tercera encontró su lugar en mi paladar. Creo que es, lejos, una de mis comidas favoritas. Que él (el sushi), la pizza y el dulce de leche pelean con codos, uñas y algún diente por ocupar un mejor lugar en el podio de mis sabores predilectos. Me encanta, y lo gritaría a los cuatro vientos si no fuera por un pequeño detalle: ser “fana” del sushi me produce una extraña clase de vergüenza. En especial cuando recuerdo una situación que viví hace pocos años.
Estábamos en un restaurante con amigos y al parecer el salmón que nos habían servido no estaba fresco. Creo que yo ni lo noté –mi paladar suele tener la misma sensibilidad que el de un troglodita medicado–, y de notarlo lo hubiera ignorado de buena gana, pero hubo acuerdo generalizado entre el resto de los presentes para formalizar un reclamo. Y la temible acusación –el salmón no está fresco-, la escalofriante verdad que ponía en riesgo los pilares de nuestra civilización, fue cursada con implacable amabilidad: impactó en el chico que atendía nuestra mesa, se transfirió a quien debía ser el encargado del salón y finalmente produjo una leve agitación en el pequeño grupo de camareros del restaurante, arremolinados con sus uniformes negros en torno a la barra. Se produjo un cruce de miradas –ellos, nosotros- y en ese diálogo mudo vislumbré de pronto la verdad de toda aquella situación. Es uno de esos sacudones de conciencia que siempre agradezco, uno de esos momentos en que nos ponemos en perspectiva y nos sentimos absolutamente imbéciles. ¿Qué cuernos le importaría a nuestro camarero, por ejemplo, el estado del salmón? ¿No era increíblemente ridículo que un grupo de dieciséis personas estuviera de pronto ocupado en seguir las peripecias físico-químicas de microscópicos trozos de pescado crudo? Seguramente el camarero no vería una orden de sashimis en aquel plato, sino más bien veinticinco boletos de colectivo o una caja de doce Faber Castell. Cosas reales, cosas importantes de verdad. Supongo que si el mundo no fuera un lugar hecho de grandes dosis de sentido común, lógica y corrección política, lo natural hubiera sido que todos (ellos y nosotros) nos fuésemos a tomar un buen café para reírnos de aquel chiste del salmón, de aquella comedia. ¿No sería divertido descubrir un día que toda esta historia no es otra cosa que un elaboradísimo juego de roles? Juguemos a que comer sushi era la quintaesencia de la alcurnia. Nosotros éramos los clientes y vos el mozo, ¿dale?
Mi vergüenza reaparece con persistencia implacable cada vez que veo comensales anónimos henchirse de un orgullo insólito cuando logran pescar con los palitos una pieza con kanikama. Siento deseos de pararme y recordarles que un menú económico de sushi no es mucho más caro que una buena napolitana, y que ahora los localitos de sushi se han multiplicado hasta ser casi tan numerosos como los parripollos de los noventa. Aunque ahora todos podamos ser capaces de escupir con naturalidad palabras como “roll”, “sashimi” y “maki”, no me olvido de que estuve meses para aprender a decir “wasabi” porque siempre me salía “sunami” (cosa que pensándolo bien no era del todo un desacierto). Quítense la pedantería de la cara y solo coman, por favor, que es rico y eso sí que no tiene nada de malo. No cambió nuestro lugar en el mapa, ni siquiera cambió demasiado el mapa. Lo que pasa es que se llenó de chirimbolitos de colores. Ahora tenemos la nueva versión del Estanciero y no nos damos cuenta. Los nuevos billetitos son tan lindos que pensamos que tenemos más plata.
Y eso me lleva al tercer ejemplo, otra de esas cosas que ha llegado a nuestras vidas de la mano de la globalización: la práctica de Pilates. Sostengo que es un método increíble: ha logrado de mí períodos de fidelidad superiores a los dos meses, lo que constituye todo un récord en la historia de mis pobres relaciones con la actividad física. Pero decir “ahora me voy a Pilates” me llena de un pudor difícil de explicar. La imagen de unas levemente sudadas señoras finas en una esquina vidriada en Recoleta hace unos años (primeros centros “Tamara di Tella”) es algo que no logro desterrar por completo de mi memoria. Mi hermana y yo le decimos “Poncio”, en honor, por mera coincidencia fonética, al bíblico señor Pilatos, y como un intento por denigrarlo y frenar nuestro propio temor frente a la avanzada de la devoradora burguesía. Pero como los dichos sobre el problemático Poncio son incomprendidos por la mayoría, en general me siento inclinada a decir que voy a gimnasia (qué Pilates, ni Pilatos, ni Poncio ni nada). Simplemente a gimnasia. Y si la ocasión lo ameritara, si fuera verdaderamente valiente, omitiría la eme y me iría a hacer ginasia con toda tranquilidad. Seguro es también responsabilidad de la globalización (y ya que estamos, del consumismo) que este método de gimnasia que creó el enfermizo Joseph Hubertus Pilates, tal vez para vengarse del asma que lo acosaba, haya llegado a proliferar como si nada en los barrios porteños.
Es que la globalización, sostengo, a veces apesta. Nos acerca pero también nos aleja, nos empasta, nos uniforma. Equipara las manos ancianas de una artesana de Purmamarca con la eficacia despiadada de la producción automatizada. Nos devuelve a todos a la enorme bola de la que provenimos, antes de que a algo o a alguien se le ocurriese separar las aguas. Nos mezcla a todos en una gran ensalada, nos ahoga en aderezo y nos sirve fríos como acompañamiento. Por eso, a veces, apesta.
Afortunadamente, siempre hay cosas dando vueltas que tienen la virtud de centrarnos en lo que importa. Cosas tan simples como el encuentro con los demás (aun sin salmón fresco, ni comida tailandesa, ni zodíacos de tela). Los instantes de luz, la buena conversación. Los chistes internos con mi hermana de una camilla a otra cuando hacemos ginasia, mechados con largas charlas destinadas, una y otra vez, a desenroscar las cosas que siempre tienen la costumbre de retorcerse y querer ahogarlo a uno. Y lo demás, ese marco agobiante que parece tener ganas de ser casi el mismo en Katmandú y en Villa Ballester, tal vez, no sea más que desahuciada utilería.
Mi memoria es mala pero tiene la costumbre de hacerse de porciones de la realidad en apariencia insignificantes: texturas, olores, objetos minúsculos, sensaciones de un segundo. Me las entrega con toda nitidez, años después y sin previo aviso. En una de esas entregas, recordé hace poco el sobre en el que guardábamos la plata en mi viejo consultorio. Claudia y yo nos divertíamos, nos peleábamos, luchábamos por progresar. Aunque parezca mentira, éramos buenas y estábamos empezando a ganar dinero. Y en algún lugar había que ponerlo. Doblamos una hoja que si mal no recuerdo era rosa y armamos el sobre caseramente con generosas dosis de cinta scotch. Antes de disimularlo entre las hojas de una carpeta de archivo, lo bautizamos en el frente con letras de colores. Escribimos: “Aquí no hay nada que importe de verdad”.
P.D. 1: Había pensado llamar a esta nota “Por qué la globalización apesta”, pero me pareció deshonesta la burda apelación al sensacionalismo.
P.D. 2: Al leer esto, una amiga sugirió que lo que apestaba era mi culpa por haberme convertido en una señora que come sushi y hace Pilates. Si la culpa es la lucidez de no perder la perspectiva, espero no superarla nunca. Y aunque "señora", "sushi" y "Pilates" formen parte de mi mundo, creo tener la suerte de no quedar cuajada en esas tres palabras y nada más.
P.D. 3: Quien esté libre de Pilates (o yoga, o tai chi, o sushi, o adornos artesanales, o la wii, o su laptop, o su i-pad) que arroje la primera piedra.