"...sitting in his nowhere land, making all his nowhere plans for nobody".

3 de enero de 2018

Como quien se esconde de la guerra




Pasé muchos fines de año originales. En una época, incluso, antes de quedar atrapada en el tejido invisible pero firme de los tironeos familiares y el vitel toné, fue una búsqueda adrede. Fue así que recibí el año en una fiesta en la playa, o acampando frente a un río, o comiendo sándwiches de jamón y queso en la cima de un cerro. Pero éste, en originalidad, se lleva todos los premios. Aunque de lindo, nada.

Cerca de las doce, M. empezó a sentirse mal. Un dolor en el costado, decía. En el pecho, decía. Ahora en el brazo. Molestia, llanto, dolor, dolor a gritos.

Tiene doce años, pensé. Juega, salta, trepa, pensé. El cuerpo siempre nos da señales erróneas, no debía ser nada importante. ¿Pero y si era? Tomé la decisión que pude, y en el instante en que todos brindaban, M. y yo caminábamos por la calle soportando la explosión masiva de fuegos artificiales. Se tapaba los oídos. Yo intentaba no llorar. Caminamos dos cuadras abrazados y llegamos a Corrientes.

No recuerdo haber estado en la calle en el momento exacto en que dan las doce a fin de año. Era un espectáculo que incluso para mí, tan apegada a las ficciones apocalípticas, no dejaba de acarrear su desconsuelo. Estoy segura de que quince o veinte minutos después de eso la fisonomía urbana se transforma, vuelve a parecerse a la que solemos ver, pero en ese momento, todo se me se me antojó increíblemente hostil y peligroso. La calle desierta de autos. Cada unos cincuenta metros, grupos de personas encendiendo cañitas voladoras (pensé, no pude evitarlo, en antepasados prehistóricos bailando alrededor del fuego). Atravesaban el pavimento caliente, cada pocos minutos y a toda velocidad, ambulancias o camiones de bomberos que nos dejaban el corazón latiendo a golpes. Parecía la escena de caos y destrucción de un bombardeo del que solo nos dábamos cuenta nosotros. Nos refugiamos en un zaguán como quien se esconde de la guerra.

No sé cuánto tiempo estuvimos en esa esquina. Intenté varios llamados, pero las líneas estaban congestionadas. No había colectivos ni taxis. Sin auto ni medios de transporte, no podía llegar al hospital que conocía, y no sabía si habría algún otro cerca. Cuando por fin di con un operador de la línea de emergencias de la obra social, supongo que se dejó llevar por la desesperación de mi voz, porque no pudo ayudarme ni decirme nada que yo no supiera. Pocas veces sentí tanta impotencia.

De pronto, apareció un taxi vacío. Subimos. Antes de decir nuestro destino, sin pensarlo, le dije al taxista feliz año. Esa parte de nosotros que cree en la medida del tiempo, esa parte que realmente piensa que en un punto preciso un año termina y otro empieza —que se atiene a los rituales, al fin y al cabo, para poder ignorar la cercanía de la muerte—, esa parte, en momentos como estos, se desmorona. Pero para nuestra sorpresa, conservamos algunos automatismos, y si hace falta, decimos feliz año.

M. se recostó en el asiento, al lado mío. Debo haberle preguntado cómo estaba unas veinte veces, y cada una de ellas respondió rápido y con claridad, como reportándose. Llegamos.

Otra vez feliz año. A los policías de la entrada, al de administración, al médico. Estábamos ahí, y lo que fuera podía ya no ser tan grave, porque ése era el lugar en el que iban a ayudarnos.

Nos recibieron, nos preguntaron cosas, lo revisaron. Bien los pulmones, bien el corazón. Apuntaron a lo muscular, le dieron un analgésico. Y llegó, por fin, ese punto en que uno se debate entre el alivio y el sentirse un poco tonto.

Un rato después caminábamos por Santa Fe buscando en qué volver. Haciendo alguna que otra broma, pensando en si nos habrían dejado o no un poco de helado. Circulaban autos, colectivos, gente. El mundo había vuelto a ser ese paisaje conocido y bastante fácil de anticipar.

Te asustaste, mamá. Sí, cómo no me voy a asustar. Perdón por arruinar el fin de año. No arruinaste nada. Abrazo. Y seguimos caminando.

Escribí esto una vez, en un cuento: “Sabemos que el mundo cambia en un segundo, eso ya no es una sorpresa. Lo sabemos desde muy pronto en nuestra pequeña línea vital, incluso en ese tiempo en que las cosas importantes son tan chiquitas y simples como insectos o caramelos. Lo que no sabemos es cuál es ese segundo ni qué lo diferencia del anterior, o del siguiente”.

Lo escribí porque quisiera que fuera cierto. Pero la verdad es que ni sabemos que el mundo cambia en un segundo, ni sabemos cuándo será. O lo sabemos y al ratito, nos volvemos a olvidar.

23 de septiembre de 2016

A la hora de las lágrimas en el parque de enfrente



A la hora de las lágrimas en el parque de enfrente las mujeres van llegando, solas o en pequeños grupos, ya llorando desde la esquina o desde la entrada del metro con ese silencio minucioso de sollozos contenidos y chales de macramé. Ese que se oye igual, que habita el espacio por ausencia, por agonía conocida.
Se cubren la cabeza casi todas y se sientan en los bancos frente a la laguna de cisnes o alrededor de los canteros de lavanda. Algunas, ya sin lugar para sentarse, se amontonan abrazadas por los senderos de lajas apretándose el pañuelo. El pulso continuo de la ciudad alrededor no las toca. Ellas a él, tampoco.
Lloran un rato largo, casi sin moverse. Susurra apenas la ropa blanda, una mano acomoda el pelo al costado de una cara ajena. Brillan ojos húmedos de sal y escapa algún gemido suave de final de llanto. Y pronto un estallido suave, incoloro, las desgrana. Se dispersan un poco, se limpian los lentes o sacuden pelusitas del hombro. Van bajando a la calle y dejan su reflejo en la laguna, como si quedara una parte de ellas, para siempre, suelta junto al trazo líquido de las aves de cuerpos blancos. 
Entonces se van, en silencio como llegaron. Abrazadas de a dos o en ese abrazo solitario, al propio cuerpo, que las mujeres pueden darse. Abrazo de ojos fijos en suelo, el dorso de la mano borrando las huellas del llanto. Las devora la entrada oscura del metro o se pierden por la vereda, entre los otros.
El parque de las lágrimas se vacía como si un sol apagado saliera de pronto.

19 de junio de 2016

Aronson lee a Caldeiro, Caldeiro lee a Aronson


Si algo tienen estos caminos tortuosos de la literatura es que están llenos no solo de satisfacciones, sino también de coincidencias impensadas. Hace no mucho tiempo di con el trabajo de Giselle Aronson —hoy admirada colega— que como yo, es fonoaudióloga además de escritora. No terminan allí las casualidades, pero no viene al caso. Lo importante es que esto de encontrarnos nos hizo leernos, y aquí está el resultado.

Leí la última novela de Giselle, Dos, abrazada por el calor de febrero y los aires de río en Carmelo. En el epílogo del mismo verano, Giselle leyó La continuidad del viento. Estas son nuestras reseñas cruzadas, publicadas en el número 16 de la revista Kundra.



9 de febrero de 2016

Insectos


Ya me desperté a la una y a las tres. Ahora miro la hora, son las cinco. Aunque está oscuro, se oyen gallos a lo lejos (nunca entendí eso, nos metieron a la fuerza la imagen del gallo cantando al despuntar el alba, no antes). Un insecto enorme se estrella intermitentemente contra el atrapasueños que cuelga a la entrada del cuarto.
Salgo de mi entumecimiento. Me doy cuenta de que me picó un mosquito. Entonces me levanto, voy al baño, chequeo a los chicos. Renuevo el Off de piernas y brazos, que se estremecen debajo de esa lluvia fina. Cambio las pastillas de los aparatitos.
Libramos una batalla, los insectos y yo. A base de repelente y escobazos. Ellos vuelan, trepan, corren, a veces todo al mismo tiempo, pero yo también tengo mis armas. 
Me acuerdo de pronto de otras vacaciones, en Brasil, las primeras vacaciones “pudientes” de nuestra familia, y quizás las últimas (fueron en el 90, después todo se derrumbó). Había estado horrorizada al principio con la abundancia y variedad de insectos. Vivíamos en la Patagonia, y no vemos muchos por ahí, por lo visto el frío no les cae en gracia. Pero estos eran miles, y hasta de colores. Aunque a cierta altura de nuestra estadía, yo había aprendido a ignorarlos. Recuerdo estar recostada en un sillón y que una cosa enorme, llena de apéndices de colores, se estrelle a mis espaldas sin que yo me inmute. Supongo que es fácil lograr eso si tus intereses son los aros flúo y los chicos lindos que se alojan en la pousada.
Vuelvo a la cama y cierro los ojos, pero no logro volver a dormirme. Agarro el celular para mirar la hora: cinco y siete. Cuántas vueltas, con el cuerpo y la cabeza, en solo siete minutos. 
Ahí es cuando la veo, desde donde estoy. Camuflada en la guía de la puerta ventana, a centímetros de entrar al cuarto: una araña redonda y gorda. Muy grande, más de lo que estoy dispuesta a soportar. Se me tensa el cuerpo entero y me levanto. Trato de atraparla haciendo correr la ventana, pero nada. Se flexiona y reaparece, intacta. Le suelto la lluvia fina del Off y tampoco, hasta parece que le gusta, y sigue caminando hacia la abertura. Se necesitan medidas extremas: le doy una media docena de golpes con el borde del escobillón, hasta que queda hecha un bollito y no vuelve a moverse (y obvio, en ese punto, me da pena). El cuarto a salvo, vuelvo a la cama. Será que ahora no me interesan los aros flúo, y los chicos lindos alojados en el hotel, menos.
Cinco y nueve, dice la pantallita del celular. La batalla contra la araña se llevó nada más que dos minutos. Cierro los ojos. Quiero volver a dormirme para viajar de golpe a algún punto a mitad de la mañana. Un espacio distinto, de sonidos diurnos, en que la luz está instalada y los insectos no son más que un recuerdo borroso de la noche que fue.

6 de diciembre de 2015

Ojos de uva



—Tenés los ojos como uvas —me dice Lulú, las dos paradas frente al espejo del baño, yo tratando de peinarla y ella atrapada en ese minuto en que no le queda otra que quedarse quieta, y entonces se mueve con los ojos y con las ideas. 
Me vino la escena de golpe: mamá y yo en el auto. Ella maneja, yo estoy en el asiento del acompañante. Vamos por la Rivadavia, estoy casi segura de que estamos pasando frente al correo. La luz del atardecer entra horizontal por el parabrisas y nos ilumina la cara. Mamá me mira y me dice lo mismo, o casi lo mismo: “Ojos de uva”. 
Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, tengo ese impulso doloroso —doloroso por imposible— de llamar a mamá para contarle. Para decirle que Lulú, una nieta que no alcanzamos ni a imaginar juntas, me dijo casi lo mismo que me dijo ella, ese día, en el auto, hace veinticinco años.

18 de agosto de 2015

La misma insistencia salvaje y etérea


Josefina Infante leyó La continuidad del viento y escribió esta hermosa reseña para Solo Tempestad. El enlace aquí, y un fragmento para ir entrando en calor:
"...se revela el último gran tema de la novela: la promesa de continuidad que conjura cualquier distancia y cuya metáfora más fiel es la vitalidad del viento, ese espíritu escurridizo capaz de infiltrarse hasta en los recuerdos".

19 de julio de 2015

Todo por Ernesto*


*(Tercer premio XIX Concurso Leopoldo Marechal)

Empezó con las uñas, y no le dimos importancia. ¿Cómo extrañarnos si todos en la familia nos las habíamos comido siempre, en especial papá y mamá? Ernesto era nuestro hermano mayor y se sabe que los primogénitos heredan cada rasgo, cada actitud, con mucha más intensidad que el resto de la descendencia. Pero después nos dimos cuenta de que era siempre la mano derecha, y ahí nos empezamos a preocupar.
—Son los nervios, se le va a pasar —decía Mabel.
Y le preparaba tazas de té de tilo y manzanilla, una tras otra, seleccionando los saquitos de una caja pintada a mano de la que estaba muy orgullosa —si hay algo que no falta en una casa de solterones mayores, es el té—. Él, envuelto en la acidez dulce de las últimas magnolias que inundaban el patio, las agradecía sonriendo. Se las tomaba despacio con la mano izquierda, que era la única con la que se permitía agarrar las cosas. La otra, la derecha, la tenía siempre metida en la boca, disputándose cada palmo de sus labios con las tazas vaporosas.
Un domingo yo estaba en la puerta recibiendo las frutas y verduras que nos enviaban desde la esquina. Le estaba diciendo cuatro verdades al pibe de la bicicleta, que siempre llega tarde, cuando Omar levantó la voz desde el fondo para llamarme. Los encontré a los tres en el patio de piedra, junto a la mecedora que mamá usaba para sentarse a tejer. Los nardos se inclinaban sobre las lajas desde los canteros, ya dejándose vencer por la sequedad de algunos pétalos. Mabel había estado cortando vainas largas, todavía encendidas de flores. Había dejado caer el ramo al suelo y los nardos, esparcidos alrededor de sus pies, parecían de lejos leche derramada. Daba suspiros abanicándose y Omar, meneando la cabeza, le rodeaba los hombros por si se desmayaba. Ernesto se había sentado en la mecedora y nos miraba distante. Ya no se le veían los dedos, esos dedos largos que, cuando éramos chicos, todos decían que eran de pianista. Quedaban sumergidos desde el nacimiento en la semioscuridad de la enorme boca.
No pasó mucho tiempo antes de que la mano desapareciera por completo detrás de esos dientes uniformes que Ernesto siempre había cepillado con celo, como si siguiera instrucciones secretas y minuciosas. El codo y el hombro tampoco tardaron en seguirla. Una vez ingerido el brazo entero, no sé por qué, creímos que se detendría, y pensándolo bien así fue por unos días. Mabel le daba masajes en el cuello retorcido y Omar se ocupaba de que trajeran de la farmacia barritas de azufre. Discutían varias veces al día sobre cuál podía ser la mejor posición para que durmiera y hasta yo había renunciado a mi almohada de plumas para aliviarlo un poco. Pero cuando el torso y el otro brazo empezaron a comprimirse entrando de a poco en la boca, Ernesto se achicó tanto que dejó de usar almohada. Fue la época en que el eucalipto arrojaba sus cápsulas de semillas secas. Mabel había puesto sobre las estufas de la casa latas de agua con frutos, como hacía cada vez que alguien estaba enfermo.
A partir de ahí, las cosas fueron lentas. Pasaron varios meses. Llegó el frío y nos sumergimos en nuestras delicias cotidianas. Amábamos el invierno. Omar y yo jugando al truco en la mesa de la cocina. La radio encendida. Mabel que bullía a nuestro alrededor como una presencia blanca y calma, sirviendo unos amargos y preparando nuestros guisos favoritos.
Ernesto se quedaba en su pieza: hacía rato que había dejado de caminar. Sus extremidades largas de hombre altísimo iban poco a poco reduciéndose a un amasijo de carne y huesos que se comprimían en franca huída. Mabel lo tapaba amorosamente con la manta crochet de mamá y de rato en rato iba a ver si estaba bien. Tanto se prolongó esta etapa que fue casi una sorpresa al final del invierno, con los rododendros de la entrada empezando a abrir sus flores, ver que Ernesto ya no tenía piernas.
Creo que desde aquel momento todo se aceleró. Pusimos a Ernesto sobre la mecedora en el rincón de las rosas y fue cuestión de días. Al final, no era más que una boca avanzando sobre las últimas vértebras del cuello y los primeros huesos de la cabeza. Casi no se le veía aquella frente extensa que según papá y mamá, guarecía su inteligencia.
Y fue entonces cuando dejó de moverse. Apenas respiraba: sabíamos que se acercaba el final. Era de tarde y estábamos cortando algunas rosas para los floreros. Ernesto se había convertido en una cosita de no más de veinte centímetros por veinte centímetros que nos miraba desde la mecedora (eso sí no dejó nunca de hacer, mirarnos). Sentimos que algo cambiaba de forma súbita en el ambiente. Era su sonido, aquel sonido sibilante de respiración trabajosa y lenta, el que había desaparecido del aire, dando paso al silencio. Mabel apoyó las flores en el suelo y nos miró expectante. Omar se acercó a Ernesto despacio, lo tomó en sus manos y nos lo mostró, sosteniéndolo en alto como si se tratara de una ofrenda.
—Creo que ya terminó —dijo solemne, arrastrando las palabras.
Mabel cerró los ojos y bajó la cabeza. Yo tomé su mano y le acaricié la palma con suavidad.
Conseguimos una caja de madera que Mabel pintó con sus óleos de color rojizo. Hicimos el entierro en el patio de los jazmines que, con la primavera ya enraizada, venían floreciendo sin pausa. Le hicimos un lugar junto a las otras dos cajitas, justo abajo del jazmín paraguayo. Mabel peinó su larga cabellera negra, se puso un chal de macramé blanco y cantó con esa voz transparente que siempre le admiramos. Omar y yo le dimos un abrazo emocionado cuando terminó la canción. Después tomamos café en la cocina.
Papá y mamá hubieran estado la mar de orgullosos. Realmente fue un entierro hermoso. Ernesto se lo merecía: era lo menos que podíamos hacer por él.